jueves, 26 de marzo de 2015

EL SECRETO DE LEONARDO DA VINCI,


CAPÍTULO XIV

Violeta se bajó del taxi amarillo cargada de bolsas.
-Buenas tardes, señora.
-Buenas tardes, señor Kipling.
Déjeme que le ayude.
¡Ah! Gracias.
El portero sostuvo la enorme puerta. Llegaron hasta el ascensor. Marcaron su planta.
-Llevo tiempo queriendo hablar con ustedes.
-Hoy Umberto llegará tarde, ¿ocurre algo?
-No, no es nada importante. Quería hablarles sobre Paolo, es un niño muy especial.
-Gracias. -Ella le mostró una amplia sonrisa mientras asentía varias veces con la cabeza.
-Y tiene también una forma de mirar muy especial..., pero el señor Kipling cambió de gesto, parecía dudar.
-¿Sí?
-No sé bien cómo explicarlo -ella esperaba-, tiene unos ojos maravillosos; pero..., es su forma de mirar.
En el interior de Violeta algo se movió, un sobresalto que de vez en cuando le encogía el estómago y el corazón. Se puso pálida. Esperó, pero su vecino de enfrente seguía meditativo. Llegaron y salieron del ascensor, caminaron por el pasillo, ella delante, tomó aire, habló girándose un poco.
-Se refiere a que va revisándolo todo.
-Sí, revisando y comprendiendo, eso es. -Sonrió pensativo como si hubiese encontrado algo más en lo que buscaba entender del crío, y ella también diluyó ese miedo que bloqueó en un instante sus entrañas. Relajación.
-Bueno, es lo normal, continúa descubriendo el mundo.
-Pero su hijo mira de una forma realmente muy especial.
Violeta quedó pensativa al mismo tiempo que abría la puerta del apartamento.
-No le entiendo.
-Sí, esa mirada...
-Pase.
-Gracias. Esa mirada..., no sé cómo explicarlo -ella depositó las bolsas en el suelo y le miró esperando que continuara hablando-, yo he visto muchas miradas de personas oprimidas, y Paolo tiene esa misma mirada.
Violeta cambió su gesto. Aunque tenía bastante menos estatura y corpulencia que su vecino, el aire napolitano y mediterráneo surgió. Puso sus dos brazos en jarras desafiándolo.
-¿Qué me está usted diciendo? -No había elevado la voz, más bien la había bajado; pero la intensidad y la modulación dejaban bien a las claras lo que era, una mujer con carácter cuando tenía que serlo, algo que el señor Kipling había adivinado, pero que nunca había comprobado.
Sin embargo, él estaba concentrado en cómo explicarle a ella, no ya lo que intuía, sino lo que sabía.
-La mirada de su hijo.
-Eso ya me la ha dicho.
-Su hijo tiene una mirada...
-Explíquese, explíquese y váyase.
-No, disculpe... -ahí se dio cuenta de que se había equivocado-, no me está comprendiendo lo que quiero decir.
-¡¿Ah, no?!
-No...
-¿Entonces usted no ha dicho lo que yo he oído?
-No, vamos a ver, no es fácil de comprender lo que quiero decir.
-Bien. -Ahora Violeta se cruzó de brazos.
-Su hijo no tiene la mirada de los niños occidentales. -Ella movió la cabeza afirmativamente mientras mantenía el gesto serio, estaba a la defensiva y a punto de saltar.
¨¡Vaya, mi hijo no mira como los occidentales!¨.
-Su hijo tiene una mirada que solo se da en los países más deprimidos.
¨Este hombre está mal de la cabeza¨. ¨Mi hijo está triste y algo tendremos nosotros que ver con eso¨.
-Es una mirada especial... Aunque yo los tengo que colocar para la pose correcta...
¨Son muchos años de soledad los que debe llevar¨.
-... cuando lo consigo, obtengo la misma mirada que tiene su hijo; pero él, Paolo, me la ofrece de forma natural.
-¡¿Pero qué está usted diciendo?!
-Él tiene una forma de mirar muy especial, como nadie. Después está la otra forma, directa, cuando ya está comprendiendo las cosas..., se fija en todos los detalles.
-Perdone, señor Kipling, pero estoy muy cansada.
-Sí, disculpe.
-Le agradezco su interés, pero otro día con Umberto...
Sí, sí disculpe, discúlpeme.
Violeta lo estaba viendo como un anciano, algo encorvado, mientras se giraba para salir.

-Umberto, hoy he hablado con el vecino de enfrente, parece que no, pero está ya muy mayor y la cabeza puede estar comenzando a fallarle.
-Sí, ¿qué te ha dicho?
-Me ha estado hablando del pequeño Di Rossi, dice que tiene una mirada especial.
Umberto sonrió y miró a Violeta.
-¿Y?
-Dice que mira como los niños oprimidos.
A Umberto se le secó la sonrisa y pasó a estar pensativo, buscó sin ver.
-¿Y cómo es la mirada de un niño oprimido?
-No sé, ha comenzado a decir unas cosas muy raras y le he dicho que estaba cansada, que ya lo hablaríamos otro día.
-Bien.
-Umberto, debemos de tener cuidado con ese hombre.

ANTONIO BUSTOS BAENA.

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