domingo, 22 de marzo de 2015

EL SECRETO DE LEONARDO DA VINCI.

CAPÍTULO XII

El profesor de literatura, señor Heller, se le acercó mirándolo directamente a los ojos con una sonrisa en la que no despegó los labios. Mayor que Umberto, su edad era un secreto bien guardado.
-Amigo Di Rossi, ¿cuándo vamos a hacer esa excursión al otro lado del Hudson de la que tanto tiempo llevamos hablando? -dijo en voz alta y marcando presencia a todo el que pasaba cercano.
-Pues...no sé.
-¿El próximo jueves?
-No, el jueves no puedo, mejor el miércoles de la próxima semana, ¿qué tal le viene a usted?
-El miércoles?, déjeme pensar..., bien, bien, sin problemas. Pero ya no hay excusas, ¿ok? -remató en el mismo tono alto que había mantenido desde el principio.
-Ok, que tenga un buen día.

¨En Secaucus hay unos outlets con precios increíbles¨, le había comentado insistentemente, y allí se dirigieron después de recoger a Umberto en su apartamento.
Llovía. El tráfico estaba más embotellado de lo normal en la Calle 39, y un ligero vapor subía desde el capó del viejo Honda Accord. Los automóviles se iban encajonando hacia el Lincoln Tunnel. Una bajada girando lenta y prolongada en fila de a dos les llevó bajo el río Hudson, y a Heller no se le ocurrió otra cosa que decir...
-¿Se imagina que nos venga ahora de frente una enorme ola de agua?
Umberto lo miró entre sorprendido y extrañado, nervioso.
¨¿A qué viene esto?¨.
-No sé si fue Al-Qaeda u otro grupo terrorista islámico el que estudió provocar una explosión dentro del túnel para inundarlo, ¿se imagina?
Umberto no necesitaba mucha imaginación para crear en su mente situaciones que le atraparan en una autosugestión que lo bloqueaba y hacía que su cuerpo tuviera respuesta de una ansiedad extrema, que en varias ocasiones le había hecho pensar que incluso iba a morir.
Una vez más notó la rigidez en su espalda, en sus piernas; sensaciones que creía superadas aparecieron. La presión de todo lo que le rodeaba, los automóviles, las losas cerámicas viejas y ennegrecidas con las que estaba alicatado el embovedado del túnel. Todo le aprisionaba. Respiró profundamente intentando relajarse. Aún continuaban bajando, no habían llegado ni siquiera a la mitad de los dos kilómetros y medio de longitud que tenía el trayecto bajo la superficie. Pensó en que quedaran atrapados allí dentro.
¨Tranquilo, Umberto¨, acertó a decirse interiormente. ¨Intenta fijar la mente en la respiración. Uno, dos, tres, inspira, uno, dos, tres, espira¨.
Tiró del cuello hacia atrás. El calor de la calefacción le daba en el rostro, notó que sudaba. Se le empañaron los cristales de las gafas, con la mano se peinó su pelo largo hacia atrás.
-¿Se encuentra bien?
-Sí. -Sintió más calor.
Heller lo miraba fijamente.
-Voy a bajar un poco la calefacción.
Umberto bajó la mano derecha hasta la pierna del mismo lado, quedaba oculta de la vista de su amigo. Se cogió un tremendo pellizco que hizo que toda su atención acudiera a aquel punto de dolor. Después, la llevó hasta el gemelo e hizo lo mismo. Su mente se situó en el nuevo lugar con recuerdo de dolor del punto anterior. Estaba apretando todo lo que podía para infligirse el mayor daño posible, notó un alivio que pronto relajó su respiración entrecortada. La carretera comenzó a subir y Umberto se sintió mejor. El agobio, la presión, el calor fueron desapareciendo.
Al frente vieron el enorme estadio de Los Gigantes. Fue en ese momento cuando tomaron una desviación que en breve les llevaría a una planicie donde una gran cantidad de comercios de primeras firmas continuaba haciendo negocio. Las enormes naves rodeadas de césped estaban alineadas a lo largo de calles. Todo numerado. En un enorme letrero rectangular con el ¨30¨ escrito en blanco sobre negro apareció ¨Calvin Klein¨. Apenas había coches en los aparcamientos. Un día entre semana y con aquel tiempo, normal.
Dejaron el Honda junto a la puerta. La tienda era amplia, rectangular, había de todo, desde textil hasta complementos. En el centro, tras unos mostradores que dibujaban un cuadrado de madera oscura, tres dependientas. Dos eran morenas, en torno a los treinta y cinco años, la otra, una chica rubia de veintipocos, llevaba el pelo largo y lacio, con flequillo abierto. Esta levantó la cabeza y los miró, una sonrisa, volvió a concentrarse en lo que estaba haciendo. Las dos morenas estaban con un listado hablando de cuestiones personales, el listado solo las acompañaba. Clientes, solo ellos dos.
-Mejor que veamos todo y después decidamos -le dijo Heller.
-Ok.
Umberto no era amigo de las corbatas. En su vida diaria ya le había costado mucho trabajo ponerse una chaqueta sobre el jersey. Pero Violeta seguía insistiendo en el tema, y allí había una colección interminable con distintos tonos, lisas, a rayas, con dibujos, o con la CK repetida por todo el tejido de seda. Su precio, diecinueve dólares, pero si te llevabas tres el precio total a pagar eran cuarenta.
Umberto las ojeó, miró el letrero, un buen momento para comenzar a solucionar esa cuestión. Se llevó la mano con dos corbatas bajo la barbilla, no sabía cuál escoger y... su problema se multiplicaba por tres.
¨¿Cuál escogería Violeta?¨.
Un gran misterio. Después de pensárselo mucho, tomó tres corbatas y se dirigió al mostrador. La joven rubia notó su llegada y levantó la cabeza. Los ojos azules, la tez clara y sonrosada en las mejillas; como los labios, gruesos y sin pintar. Le sonrió.
-Dime.
Le habló de tú. Repasó el flequillo, los ojos risueños, familiares. Umberto se quedó algo paralizado, no habló. Ella bajó la vista y se fijó en las corbatas. Después lo volvió a mirar como extrañada y le preguntó:
-¿Son para ti?
-¿Qué...?
Umberto bajó la cabeza y miró las corbatas en su mano, dio la impresión de que se hubiese sorprendido de llevarlas.
-¡Ah...! Sí -consiguió decir volviendo a la realidad.
-No te pegan.
-¿No?
-Con esos colores llamativos la atención se concentra en un punto, quita interés al resto, a tu rostro, a tu cuerpo -le dijo con seguridad, sin dejar de sonreír ni de mirarle a los ojos, y él se sintió reconfortado por lo que parecían halagos-. Verás como hay otras que están más en sintonía contigo.
La joven salió del cuadrado. Tomó la delantera dirigiéndose al lugar donde estaban las corbatas, fue cuando Umberto la observó. También era alta, apenas llevaba un pequeño tacón, y sus caderas..., su trasero..., femenino, perfecto. Tenía un atractivo que conseguía entontecerle. La siguió hipnotizado, él y su vitalidad que comenzaba a hacer acto de presencia.
Los vio pasar, lo que trasmitía la imagen no dejó indiferente al señor Heller. De inmediato soltó la chaqueta que estaba viendo, se acercó a ellos rápido, celoso. Cuando llegó percibió la atracción animal que su amigo sentía por la chica.
¨¡Y parece que tiene una erección!¨. Se quedó con la boca abierta, la cara de asombro.
Ninguno de los dos notó su presencia. Se sintió en segindo plano. Como persona inteligente que era se dio cuenta de que sería contraproducente intervenir. Nervioso, miraba alternativamente al rostro de su amigo y al pantalón. Aquella visión le alimentó el egoísmo. Pensó que él era su compañero de compras ese día, sintió deseos y otro pensamiento...
¨Imposible ocultar lo que tiene entre las piernas¨.
No se pudo reprimir.
-Perdón, que si necesitas algo, me llamas, estoy por aquí dijo para hacerse notar, pero ellos no contestaron.
Se alejó tan rápido como se había acercado. Volvió la cabeza, un último vistazo. Estaba enfadado. Le hubiera gustado quedarse, aunque solo fuera contemplando; pero el señor Heller tenía su orgullo.
-Quítate la chaqueta y el jersey.
Umberto obedeció. Ella le levantó el cuello de la camisa, pasó la corbata por detrás. Con seguridad le hizo el nudo mientras él la miraba, su cuello, la piel, el olor de su perfume..., y sin verlas, sus poderosas caderas le vinieron a la mente.
-Mírate en ese espejo.
En camisa y con aquella corbata su rostro trasmitía una seguridad que nada tenía que ver con la realidad. Ella se acercó y se puso en paralelo. La miró, se miró, la miró. Los dos juntos trasmitían fuerza, éxito, hacían una buena pareja. Ella también lo repasaba a través del espejo.
-Y esta también te va, fíjate.
De nuevo se puso delante de él, le aflojó el nudo y le quitó la corbata. Umberto miró por encima del hombro de ella, el espejo le mostraba su trasero.
¨Es perfecto¨.
Mayor respuesta de su cuerpo. Le atraía poderosamente. Ella se apartó y le puso otra corbata sin anudar a partir del cuello dejándola caer doblada.
-Esta También te queda muy bien, ¿ves? -Le hablaba muy suavemente, como si le estuviera diciendo algo íntimo.
Él afirmó con la cabeza. La joven hizo lo mismo con la otra corbata. Umberto dio su aprobación.
-¿Qué más necesitas?
¨A ti¨.
-No sé, de todo y de nada, depende de lo que vea.
La mente le trajo de nuevo la imagen, y no pudo reprimir volverla a mirar a través del espejo.
-De acuerdo, ¿te las guardo?
-Sí.
-Si me necesitas para algo, no dudes en llamarme, mi nombre es Clara.
-Umberto -No le importó contestar.
Ella aumentó su sonrisa y dobló algo la cabeza a modo de saludo.
-Bueno..., ya sabes.
¨El qué¨.
-Sí.
La vio marchar. Le atraían poderosamente aquellas caderas que convertían a la chica en toda una mujer.
El señor Heller estaba en la zona de trajes, los había estado espiando, no perdió detalle. Se acercó en cuanto vio el terreno libre, tenía el gesto cambiado. Se enfadó muchísimo con las miradas de Umberto a través del espejo. La suya fue directa y descarada; pero su amigo, ahora deseado, no se dio cuenta.
-Hola, muy buenas -dijo en voz alta y con retintín.
-¿Has visto algo? -preguntó completamente ido.
Parecía que no le iba a contestar.
-Sí, esta chaqueta -dijo finalmente dejando a las claras su estar.
-¿Qué le pasa?
Las formas del señor Heller hicieron a Umberto volver a la realidad.
-¿A mí...? Nada.
-Cómo no le va a pasar nada si está enfadado.
-¿Enfadado yo...? ¡Qué va! Bien, si te hago falta para algo, me avisas -dijo, tuteándolo como nunca antes había hecho. Se hacía valer mientras se alejaba.
Umberto era incapaz de concentrarse. Repasaba estanterías sin ver. Su mente estaba en otro lugar, en la joven, en la atracción, en la sequedad que esta le había producido en su boca. Consiguió ver unos tejanos apilados por tallas. Escogió unos de su cintura y longitud de pierna.
Como un zombi se dirigió al probador y, ya dentro, en un espacio de cuatro metros cuadrados, se aisló. Permaneció de pie a pesar de que tenía allí una banqueta, ni la había visto. Pensaba en lo que le acababa de suceder. La imagen de la joven se hacía más presente. Sabía que se habría entregado a su voluntad si ella hubiese querido.
El tiempo pasaba, no se daba cuenta. De pie, con el pantalón en la mano, en su mente solo la chica, sus caderas.
Por fin se vio en el espejo. Se sorprendió, su pene. Conectó de nuevo con la realidad. Un reproche inesperado le acudió, vio a Violeta. La erección bajó.
¨¿Qué estás haciendo?¨.
Sintió que la estaba traicionando, pero la imagen de la joven se interponía, su gesto, su sonrisa, la forma de hablar.
¨¿Qué más necesitas?¨. La imagen de la chica le volvía a preguntar con familiaridad.
¨Es solo una técnica de venta más...¨, se contestó sorprendido y casi enfadado consigo mismo.
Umberto recapacitaba. Se vio a sí mismo ridículo, como un cuarentón al que se le caía la baba angte una mujer veinte años más joven. Se sentó boquiabierto por le que le acababa de ocurrir, cómo había quedado a merced de la dependienta.
Descubrió que los sucesos vividos siendo niño, frente a los que no pudo hacer nada, le habían provocado lo mismo, inmovilismo, pérdida de voluntad, incapacidad para resistir y enfrentarse a los acontecimientos exteriores. Sentía la presión, pero solo era capaz de aguantar, una y otra vez, cada vez más, aguantar sin reaccionar, llenando su mente de un miedo que terminaba trasmitiéndose a todo su cuerpo, a toda su vida.
Umberto bajó la cabeza, reflexionó. En ese instante vio un nuevo camino abierto ante sí que le llevaba al futuro y, también, una cartera que estaba en el suelo, medio oculta entre la banqueta y la pared. La cogió, la abrió. Poco dinero, permiso de conducir, carnet de la seguridad social, fotografías familiares.
¨Debe ser él, Evaristo Morales, aquí está la dirección, en Paramus¨.
Un hombre moreno y delgado, rostro alargado, pelo muy corto y barba. Un rostro y un nombre hispano de una edad similar a la suya.
Un flash. Con esa documentación era fácil abrir una cuenta bancaria en Manhattan, comenzar a preparar algo que hasta ese momento no quería plantearse porque no se sentía capaz; pero en su interior existía esa obligación pendiente desde hacía ya demasiado tiempo.

ANTONIO BUSTOS BAENA.

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