lunes, 16 de marzo de 2015

EL SECRETO DE LEONARDO DA VINCI.

CAPÍTULO XI

  El señor Kipling se alegraba cuando coincidía con sus vecinos de enfrente en el ascensor o, como en este caso, caminando por la acera llegando al apartamento. Le caía bien esta pareja de italianos y su pequeño con aire de independiente, a pesar de su corta edad se le veía maduro, integrado en su familia como un adulto más.
  ¨¿ Sería lo mismo si sus padres fueran otros? ¨.
  Le llamó la atención desde la primera vez que lo vio. Su deformación profesional le hacía plantearse este tipo de preguntas.
  ¨Pero si es muy pequeño¨, se reprochó a sí mismo.
  Y es que, en este crío, el señor Kipling creía ver cosas que no sabía hasta qué punto eran ciertas. Todo eran apreciaciones, impresiones, intuiciones sin una base real.
  -Hola, buenas tardes.
  -Hola. Gracias.
 El señor Kipling cedió el paso mientras que el portero, con uniforme verde librea gris, sostenía la puerta. Violeta y Paolo entraron y ahoraa fue Umberto el que le cedió el paso a su vecino, le hizo una indicación.
  -Por favor.
  -Gracias.
  Este hombre mayor tenía el pelo y la barba perfectamente blanca. Su aspecto y estar eran el de una persona sencilla y tranquila, transmitía paz. Debía de superar los setenta años, los movimientos aún eran ágiles y su altura y corpulencia imponían. Era frecuente verlo por Central Park, siempre con la mochila al hombro y una cámara fotográfica colgada al cuello. Su trabajo para Magnum le dio fama internacional. Recorrió el mundo entero de conflicto en conflicto, pero de eso hacía ya mucho tiempo. Ahora solo le interesaba el retrato, preferentemente niños. Buscaba las expresiones de las miradas, y aunque estuviera detrás de unas gafas, no le había pasado desapercibida la de Paolo. El niño tenía una expresión natural al tiempo que especial, como no había encontrado antes, y eso que se había fijado en miles de miradas que se habían cruzado en su vida.
   Su pequeño vecino parecía tímido, pero tal vez no lo fuera. Siempre iba mirando al suelo como queriendo ocultar su rostro, y cuando miraba hacia arriba lo hacía desde abajo, sin apenas levantar la cabeza, como a él le gustaba fotografiar, tomando protagonismo el blanco bajo el iris, buscando con el objetivo de la cámara esa zona, la misma donde miran los médicos para detectar si se está sano o hay deficiencias. Solo que a los niños de los cinco continentes que había fotografiado, a todos, absolutamente a todos, les había tenido que indicar esa pose, no les salía natural, se la indicaba él.
   El señor Kipling, con su cámara, intentaba captar la miserable vida del pequeño protagonista que vivía en lo que llamamos el tercer mundo. Buscaba en la mirada el alma, que quedara plasmada para siempre en esa milésima de segundo que automáticamente convertía en pasado la vida. La frustración venía después, cuando volvía a Nueva York. Se sentía parte de un sistema que había sido el causante de esa situación. No solo ignoraba cómo cambiarla, aquí venía lo peor, no se sentía capaz. Sabía que si volvía dentro de unos años a encontrarse con esos niños ya convertidos en hombres lo único que encontraría en sus ojos sería un abismo mayor, fijo, instaurado, la aceptación de una realidad de la que no podrían salir.
   En Paolo aparecía esa mirada con la que hacía posar a los otros críos de forma natural, y de esa mirada pasaba a otra que le extrañaba tanto como la anterior y que también le había llamado la atención. Era cuando en los encuentros casuales a la llegada lo veía repasar la arquitectura de los edificios, daba un último vistazo antes de entrar en su portal, a modo de depedida; pero cuando hacía eso, la cabeza no estaba agachada, sino erguida, segura, mirándolos de tú a tú. Un pequeño de un metro mostraba la actitud de estar a la misma altura que un enorme rascacielos, como si la enorme mole guardase un secreto que él comprendiera. Lo tenía desconcentardo. Nunca había visto un crío que le resultasra tan complejo como este. Después el señor Kipling se decía a sí mismo que eran elucubraciones suyas, que los años no pasaban en blade, que se estaba volviendo demasiado sensible.
   Subían todos en el ascensor y marcaban la planta treinta y cuatro, la última.
    -Paolo, ¿qué tal te va en el colegio?
   -Bien... -contestó después de unos segundos y sin levantar la cabeza.
  -Pues no me lo has dicho con mucha alegría. -Violeta y Umberto se miraron-. ¿Te aburres allí? -siguió preguntando el señor Kipling.
    -Un poco -contestó Paolo después de dejar pasar unos segundos.
   Seguía con la cabeza baja, por lo que su vecino no pudo indagar esa mirada que tanto le interesaba.
    -¿Y por qué te aburres?
    -Siempre repiten lo mismo -dijo encogiéndose de hombros.
    -Y tú ya te lo sabes, ¿no?
    -Sí.
    -Bueno, así no tienes que estudiar.
   -A mí me da igual estudiar, yo lo que quiero es aprender.
    -¿Y no te aburres de tanto mirar las fachadas de los edificios? preguntó sonriendo.
    -No.
   -Pero son siempre los mismos edificios los que tenemos ahí enfrente.
  -Sí, pero cada día se ven distintos. -Ahora sí levantó la mirada.
  La línea de las gafas, y bajo ellas, aquellos ojos, la expresión que le hubiera gustado fotografiar en ese instante. Después, una leve sonrisa.
 Paolo no advirtió que sus padres se miraron, comenzaron a comprender algo que les preocupaba.
  El ascensor frenó y se aproximó lentamente a la planta.
   -¿Te gusta la fotografía?
   -Ya le dije que sí.
   -¡Ay!, es verdad.
   El señor Kipling se acordó de que hacía al menos dos años le había hecho la misma pregunta.
 -Pues si tus padres me lo permiten, quisiera enseñarte algunas de las que he realizado, a ver dsi te gustan.
  Umberto salió el primero del ascensor y después lo hizo el resto. El señor Kipling y Paolo miraron a Violeta, sabían que era ella la que tomaría la decisión.
 -Bien, pero poco tiempo, dentro de una hora estará la comida puesta en la mesa.
 -No se preocupe, señora.
 Se dieron la espalda, cada uno abrió su puerta.
 -Hasta ahora.
 -Hasta ahora -contestó el señor Kipling sonriendo, Paolo levantó la mano.
 Nada más cerrar la puerta, Violeta se detuvo.
 -¿Lo has escuchado?. se aburre.
 -Nunca nos había dicho nada parecido.
 -Nunca se queja, acepta lo que le digan u se calla, otra cosa será lo que piense.
 -Es demasiado retraído, sin embargo, cuando el señor Kipling le ha preguntado por la realidad, no por la respuesta de cortesía, lo ha percibido, el pequeño Di Rossi ha dicho ¨ me aburro¨ .
 -Sí, él nunca miente.
 -Habría que hablar con los psicólogos de esto, igual está relacionado con lo que nos dijeron en aquella reunión.

  Era la primera vez que entraba en la casa de su vecino de enfrente. Los muebles eran viejos, muy diferentes a los de la suya. Había gran cantidad de cosas, objetos de otras culturas y, sobre todo, fotografías. Estaban por todas partes, amontonadas, incluso en el suelo, sin orden aparente, llenaban paredes y estantes.
  -Son recuerdos de algunos de los sitios por los que he viajado.
  Paolo no contestó. Estaba serio, la cabeza erguida, la mirada ahora era directa. Le llamaba la atención y observaba todo.
  El señor Kipling dejó la cámara sobre un tablero rústico apoyado sobre dos viejos trípodes, después soltó la mochila en el sofá y echó sobre ella el chaleco multibolsillos que se acababa de quitar. Se acercó al niño, que seguía mirando como lo hacía con los rascacielos. Por un segundo miró hacia el señor Kipling, que estaba a un metro. Adoptó la otra pose. El viejo fotógrafo se conmovió. Tenía de nuevo el enfoque que más le gustaba captar, el blanco bajo el iris, donde buscaba el mundo turbulento, el ser explotado, humillado, domado. Allí creía ver una y otra vez el alma de sus personajes cuando pulsaba el disparador capturando ese instasnte que, si lo dejaba pasar, no volvería a aparecer. Tenía más momentos perdidos que capturados. Y para ese mínimo instante había desarrollado un instinto especial. Después, viendo los resultados, vivía increíbles sensaciones. Incluso para él era algo extraño, su subconsciente lo predecía un segundo antes, y cuando sentía eso, su dedo, como si tuviera vida propia, disparaba y captaba esa milésima increíble. En multitud de ocasiones, sorprendido, se preguntó a sí mismo cómo había podido obtener esa fotografía. Pero todo eso ya quedaba muy atrás.
   Mientras tanto, el pequeño Di Rossi reparaba en que la mayoría de las fotografías era de niños. Siempre pieles oscuras, ojos enormes, perfectamente negros, que miraban desde abajo al objetivo de la cámara. Los pequeños aparecían en su vida cotidiana, trabajando, sucios, o metidos hasta la cintura en agua putrefacta con gran cantidad de porquería en suspensión y también pegada a sus cuerpos; sin embargo, las miradas, sus ojos estaban linpios, tenían una belleza especial.
  Al pequeño Di Rossi le llamó la atención un punto de luz, un diminuto haz que todos tenían en el iris. Miró buscando ese detalle. Todas, absolutamente todas tenían ese punto de luz, esa pequeñísima mancha blanca.
  -¿Y los padres de los niños?
  -No estaban allí cuando los fotografié.
  Siguió pensativo, muy serio.
  -¿Por qué solo niños?
  -Ya solo me interesan los niños.
  -¿Ya?
  -Sí, antes fotografiaba todo lo que se movía.
  -Para detenerlo, ¿no?
 Le sorprendió el comentario. En África, Sudamérica, Asia, en todo el mundo un drío sabía lo que era una cámara fotográfica, le habían preguntado muchas cosas, pero algo tan simple y tan cierto nunca lo había oído a un niño.
   -Sí. ¿Qué edad tienes, Paolo?
   -Seis años, cumpliré siete ahora, en diciembre.
   ¨ Tiene algo distinto, pero no sé lo que es ¨.
   -¿Te gustan?
   -Sí, pero ¿por qué nunca se ve el fondo, lo que hay detrás?, siempre es una pared o un paisaje que queda muy difuminado preguntó con naturalidad, sin ningún énfasis.
   ¨Esto es sorprendente, a su edad... No es normal que utilice la palabra ¨difuminado¨.
   -Te has dado cuenta, ¿he?
   -Es que se ve. -El viejo fotógrafo sonrió.
   -Sí, claro. Está hecho a propósito, intento aislar al protagonista de todo lo que le rodea. Fíjate, niños de diversas razas, con pelo largo y sin peinar, o con la cabeza rapada, aunque estén llenos de polvo, barro, o empapándose bajo la lluvia, es una bonita imagen, y los ojos nos dicen cómo es su vida.
  Al principio componía sus fotos mostrando los alrededores. Paredes desconchadas, casas derrumbadas, inmensos basureros, que eran más protagonistas que sus críos. Las vivencias hicieron que su objetivo se fuera cerrando poco a poco hasta terminar en el retrato.
   Lo que no le decía, porque era un niño, era que también existía otro motivo; pretendía crear un producto al gusto de la sociedad occidental, un producto a medida para mover las conciencias de las clases medias que recorrían sus exposiciones con una sonrisa pensando que comprendían y sabían lo que sentía el pequeño retratado. Era imposible que llegaran a tener ese conocimiento. En cuanto a esa clase por encima de las altas que son el origen de esas situaciones, que esos niños vivieran así, eran inalcanzables. No existían en la realidad, no tenían ojos ni boca, ni corazón, tampoco dormían... Son multinacionales con vida propia.
  El pequeño Di Rosssi siguió repasando las fotografías con la mirada, a cada una le dedicaba su tiempo.
   -¿Y por qué dejó de fotografiar a los hombres?
  -¿Por qué crees que antes fotografiaba a los hombres? -le contestó con otra pregunta.
  -Mi madre me dijo que usted al principio no era fotógrafo, sino profesor en la Universidad, como mi padre, ¿sociólogo?
  -Sí -le contestó con una sonrisa-. ¿Sabes lo que estudia un sociólogo?
  -Sí -contestó sin más.
  El viejo fotógrafo, sorprendido por la respuesta, fue a preguntarle, pero cuando lo iba a hacer se encontró con que su pequeño vecino se le adelantaba con otra.
 -¿Por qué sintió la necesidad de conocer a personas que viven en otras partes de la tierra?
 Al viejo fotógrafo aquellas palabras le produjeron un desconcierto completo. Mientras, el pequeño Di Rossi se acercaba a un rincón, sobre el suelo, había otro buen montón de fotos.
  -¿Puedo? -dijo señalándolas.
  -Sí, claro.
  Cogió unas pocas, las que pudo con su pequeña mano.
  En contraste con las imágenes a color de los niños, estas eran en blanco y negro, y casi siempre de hombres. Mareas humanas llenas de barro creando cadenas que se repartían por fondos y laderas, ennegrecidas, mientras trabajaban en minas a cielo abierto, aunque siempre aparecía una cortina de aire contaminado que no permitía que la fotografía, ni los hombres, recibieran la luz.
  Reparó en el rostro de tristeza de su vecino, al que siempre había visto con gesto afable, amable y sonriente, como si fuera feliz y viviera en paz.
 -¿Por qué dejó de fotografiar a los hombres?       -No se le había olvidado esa pregunta que quedó sin respuesta.
 Esperó.
 -Me cansé.
 El pequeño Di Rossi tenía la cabeza erguida, le hablaba de tú a tú.
  El viejo fotógrafo seguía decaido, no se daba cuenta de que el niño lo único que quería era aprender, percibía que él le quería enseñar, sino, ¿para qué le había invitado a su apartamento?
   -¿Por qué?
   No supo qué decir. Para que lo comprendieran tendría que contar por lo que pasó y lo que vio, pero eso formaba parte de unas vivencias personales que no las hablaría con nadie. Pero quien le estaba preguntando era un niño. Tentado estuvo de decirle ¨cuando seas mayor lo comprenderás¨, ese escape de los mayores; sin embargo, quiso ser honesto con él. Para lo que sentía no valían las explicaciones, ni aún habiéndolo vivido. Él había estado allí, pero sabía que a los pocos meses se marcharía. No había podido sentir que las únicas expectativas de vida eran esas en las que estaban atrapados los protagonistas de sus fotos. Seres humanos. Riqueza aquí, miseria allá. Y no era solo por el oro y los diamantes. La avaricia del capital por las materias primas más básicas, azufre, carbón, acero... Se vivía, se palpaba, se respiraba. Siempre esa nube en suspensión sobre los de siempre. Desde los gobiernos centrales hasta las mafias locales. Estaban presentes a todos los niveles. Pero no se veían, solo sus efectos. Esa vida no se la deseaba a nadie, tampoco quería contarla, y menos a un niño, ¿un niño?, que aún vivía en un mundo feliz. ¿Feliz, cuando le hacía preguntas de aquel tipo? No sabía que pensar ante lo que estaba viviendo.
 -No sé qué contestarte -le reconoció, ya no le habló como a un niño.
  El pequeño Di Rossi desvió la vista sin darle la mayor importancia. El hombre continuó serio, el niño concentrado en las fotografías. Se fijó en las que había en una librería, delante de los lomos alineados.
  -¿Todas las fotografías son suyas?
  -Sí.
  Paolo lo volvió a mirar por ese segundo, con la otra mirada, desde abajo, después le indicó una.
  -¿Esa también?
  ¨¡Es increible!¨.
  -No, esa no la hice yo -contestó inseguro.
  Subió el gesto, le miró de tú a tú. Desapareció el niño, Paolo, y apareció el pequeño Di Rossi. Este hombre mayor se sintió a merced de las preguntas que le estaba haciendo, con obligación de contestar siempre a la verdad. 
  -Es la única que hay que no es mía, disculpa, la había olvidado, está hecha por un amigo.
  -¿Tienes un amigo?, yo nunca le he visto con nadie -dijo mientras se acercaba mirándola fijamente, observando los detalles.
 -Pues sí, tengo... algún amigo -le contestó intentando sonreír.
  ¿Dónde está?
  Más desconcierto. El pequeño Di Rossi se había girado de nuevo y esperaba una respuesta con la cabeza alta, elgesto serio, mirada directa.
  -No está aquí -terminó contestándole muy serio.
  Con las preguntas lo había sumido en una noria de recuerdos, aquellos que más le conmovían. Estaba desconcertado. ¨¿Es todo solo casualidad? ¨, pensó.
    -¿Le ocurre algo, señor Kipling?
  -Sí. -El gesto del pequeño Di Rossi no cambiaba, estaba claro que esperaba respuestas completas; en cambio el viejo fotógrafo estaba emocionado, aquella instántanea estaba hecha por un reportero, gran amigo suyo, asesinado en Sierra Leona. Sintió la necesidad de salir de aquel torbellino donde se había metido. ¿Cómo has sabido que esa fotografía no la he hcho yo?
   -Se ve.
   -¿Cómo?
   -Señor Kipling, si usted y yo nos ponemos a escribir lo mismo con un bolígrafo azul, cuando alguien lo lea, leerá lo mismo, también verá el mismo color, pero su letra y la mía son diferentes.
  El hombre hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
   -Comprendo lo que me dices, y de vez en cuando lo consigo ver pero no con tu claridad y rapidez.
   Paolo se encogió de hombros y le miró desde abajo, con su mirada tímida.
   ¨Este hombre está ya un poco mayor¨, le dio la impresión que debió pensar el crío al que ya no trataba como a un niño.
   -Ven, quiero que veas algo.
   Se dirigió a una puerta y la abrió, lo esperó en el quicio, Paolo no llegaba a ver lo que había dentro. Distinguió algo extraño en la oscuridad mientras se iba acercando, descifraba rápidamente. el señor Kipling pulsó el interruptor de fuera, la luz se encendió dentro de la habitación repartida por el suelo en forma circular.
   -Ponte en el centro.
   Así lo hizo, el señor Kipling le siguió y cerró la puerta a su espalda.
    No dijo nada sobre lo que estaba viendo, giró en redondo levantando la cabeza. Los hombros eran altos y delgados como juncos. Los que estaban en segunda y tercera fila tomaban más altura que los de delante para ser vistos, también para ir cerrando las paredes de la bóveda sobre la que estaban impresos. Las vestimentas harapientas de todos eran similares. Miraban serios al objetivo, al espectador. El pequeño Di Rossi observó sus rostros, ninguno se repetía, solo lo hacía la expresión de sus caras, de sus miradas.
   -No se ve el cielo.
   -Allí, aunque no haya rascacielos como aquí, el cielo no se ve, siempre hay una nube que lo impide.
   -¿Tampoco hay edificios?
   -¿Edificios?, sí, también los hay, desconchados, muy sucios, como ellos.
   -Ya, comprendo.
   -¿Qué comprendes?
   -Lo que usted dice, pero debía de haber sacado también las casas donde viven.
   -¿Por qué?
   -La persona y lo que le rodea. Es lo mismo y se comprendería mejor.
   -¿Por qué dices eso? -El pequeño Di Rossi hizo un gesto de no comprender-. ¿Por qué dices que es lo mismo?
    -¿No están hechas de lo mismo?
    El señor Kipling se quedó pensativo.
    -¿Quién te ha dicho eso?
    -Mi madre, dice que tierra somos y a la tierra volvemos. Todos estamos hechos de lo mismo, nosotros tenemos la suerte de haber nacido como personas y debemos de dar gracias a Dios.
    -Tu madre tiene razón, ¿sois católicos?
    -Sí. ¿y usted?
    -Pertenezco a la Iglesia Evangélica, pero todos deberíamos estar al menos de acuerdo en eso que dice tu madre, y algún día la ciencia también lo estará. ¿Sabes lo que decían los indios que vivían aquí hace doscientos años? 
    -No.
    -Que las flores perfumadas eran sus hermanas, el venado, el caballo, el águila, las escarpadas peñas, los húmedos prados, todos pertenecemos a la misma familia, cuando pisas el suelo lo haces sobre las cenizas de nuestros abuelos, si escupes sobre el suelo lo haces sobre ti mismo. Todo está entrelazado.
  -Me gusta. ¿Y la habitación esta? ¿Por qué la hizo?
   -Intentaba crear una fotografía que me hiciera sentir lo mismo que esas personas. Me he puesto muchas veces aquí donde estamos para que me llegue por todas partes. La fotografía es plana, mientras que la realidad, la pobreza y la miseria te rodean, y más... Pero no lo he conseguido, siempre está esa puerta por la que hemos entrado que me devuelve a nuestro mundo en un segundo. Los de aquí nunca podremos sentir lo mismo que los que han nacido y se han criado allí.
   -Sé lo que quiere decir.
   Pero al señor Kipling de nuevo le cuesta mucho creer que un crío de su edad comprenda lo que acaba de decirle, aunque acto seguido se recrimina a sí mismo su pensamiento.
  ¨¿No crees que es especial y has dejado de hablarle como a un niño?, entonces...¨.
    -Mi madre me ha dicho que en Nápoles, también hace muchos años, cuando construían un edificio, los materiales los sacaban del mismo suelo sobre el que despues se levantaba. Se elevan hacia arriba y también quedan huecos por abajo.
    -Interesante.
    Paolo sonrió mirándolo desde abajo.
  -Pero también lo que consiguen es darle más equilibrio al edificio porque siempre lo ponen sobre las bases más sólidas que encuentran cuando escavan.
   -¡Ah!, muy bien.
   -Así soportan mejor los terremotos si el Vesubio un día de nuevo entra en erupción.
   -Es verdad lo que dice tu madre sobre cómo se adapta el hombre a la tierra.
    -Claro, ya le he dicho que somos lo mismo.
    -Pero tú la comprendes, ¿no?
    -Pues claro -Paolo sonríe-, cuando sea mayor me gustaría construir un edificio así en Nápoles.
   -Ojalá que lo puedas hacer, yo ya no conseguiré hacer la fotografía que siempre he querido realizar.
   -¿Cómo sería?
  -Paolo, ahora mismo ni yo lo sé. -Le pone la mano sobre el hombro y le sonríe-. Venga, vamos, que tus padres te deben de estar esperando ya para el almuerzo.
  -Gracias, señor Kipling, me ha gustado lo que me ha enseñado.
  El viejo fotógrafo había accedido al mundo real de su pequeño vecino por unos minutos, y le resultó completamente desconocido. No existía ningún paralelismo con él mismo cuando a su vez fue un niño, ni con nadie que hubiera conocido a lo largo de su dilatada vida. Sonrió ya más relajado, las cosas volvían a estar en su sitio, durante un rato había visto el mundo al revés.

ANTONIO BUSTOS BAENA.
    
  

   
  
  
   


    


  

   





   



   

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