miércoles, 25 de marzo de 2015

EL LENTO AGONIZAR DEL UNICORNIO.

¨No te me sueltes nunca en estos cuentos,
del podrá, del podría, del pudiera
ser, tan maravillosos
que cuando yo termino de decírtelos,
nos duele la mirada
de tanto querer verlos en el aire.
Cuando hablo de imposibles
apriétame la mano más que nunca¨.

PEDRO SALINAS.


A Fernando Calderón

Fue como un ramalazo de nieve, como un borbollón de luna llena; junto al pino grande, alrededor de cuyo tronco solías atar las cuerdas amarillas del chinchorro balanceante, péndulo de la calma estival y el aire ardido, junto a los geranios rosas, tenaces, contra el verde de los arbustos linderos, en mitad del aire claro de la tarde que moría, viste su acordado galope, oíste un como tímido relincho, lamento acaso, gemido, qué es éso, y te alzaste de la silla donde escribías, la pluma en la mano derecha, la izquierda desabrochando el primer botón de la camisa, dejando el cuello liberado, respirando mejor, ¿lo viste? Y te volvías apenas hacia Ligia, como no queriendo perder la visión que sabías ya perdida, qué fue, qué había, dijo ella sobresaltada, y acudió a la ventana, puso las manos en tus hombros, te apartó, qué fue, y tú, incrédulo, mirándola, hermosa, próxima, tuya, los ojos de uva con una chispa de miedo, cómo es posible, vas a decirme que estoy loco, Ligia, que he bebido, no sé, era un unicornio, y ella te miraba, un qué, créeme, blanco y bellísimo, la cabeza púrpura y el cuernecillo ese de colores, ahí, junto al pino grande, créeme.
Sangreaba el poniente por el lado del mar, y las gaviotas, chillando, se dejaban caer sobre la arena, al abrigo de la pinada, huyendo del viento que había empezado a levantarse y que mecía las barcas sobre el agua azulenca. Habías salido afuera, buscando en el césped unas huellas posibles, mirando a un lado y a otro, Ligia detrás, tratando de cogerse de tu brazo, estaba aquí, como una aparición, pero era real, tuve tiempo de verlo bien, y andabas hasta la cancela, pero nada, sólo el viento removido, una bandada de palomas, una carreta chirriante cargada de troncos, la tarde mansa.
Llevabas allí un mes, trabajando a gusto, avanzando en el libro a muy buen ritmo, mejor de lo que tú mismo pensaste cuando Ligia se te vino a las manos, se metió en tu vida casi programada como sin darse cuenta, barrió soledades y olvidos, prendió otra vez la llama. Canadá, la monotonía de dos años de clases ininterrumpidas, las charlas con los alumnos que se esforzaban en hablar tu lengua, en recitar los versos de tus poetas, tropezando, equivocándose, el anhelo de regresar, de disponer de seis meses para llevar a cabo el libro iniciado, apenas tres poemas, para entregarte al reencuentro con las raíces, a dar forma a cuanto dentro bullía, para volver a ser. Ligia se te había acercado, a la salida de tu conferencia, la libreta bajo el brazo, decidida, y te había preguntado por qué un poeta como tú, ausente de España durante dos años y a quien interesaba escuchar en lo suyo, se venía a Barcelona a hablar sobre el inconformismo picassiano, escamoteando los versos recientes, últimos; tú le habías dicho que no sólo de versos vivía el poeta y que te atraía mucho la trayectoria del pintor, sus vaivenes, su rebeldía, y que acaso algún día escribirías un libro sobre él; y ella, cómo, sería estupendo, usted es de los pocos poetas fieles a la poesía, ni cuentos, ni ensayos, ni novelas, ya era hora de que intentara otros libros, otros temas. La citaste, al fin, para el día siguiente, ella estudiaba periodismo, le habían encargado una entrevista, sería puntual. Y todo vino ya rodado, apresuradamente lento, la charla en el hotel, el paseo hasta el puerto anochecido, la vieja carabela amarrada, el desvelado pez chapoteante en el agua sucia, las luces rielando de mil formas y colores, la vida de la ciudad sosegándose, al filo de la media noche, hojeando libros y libros en los puestos de las Ramblas, comprando un clavel para Ligia a una florista soñolienta, un puñado de castañas asadas, casi humeantes, a un viejecillo que recogía ya sus cachivaches, apagaba las brasas, cansado. Y Ligia en tus brazos, fácil, por qué, yéndose contigo a la casa solitaria, la casa de Morrison, úsala, la tengo cerrada siempre, allí terminarás tu libro, es un sitio ideal, Ligia, por qué, casi una chiquilla, nunca antes, te dijo, y era verdad, y tú sabiendo lo que hacías, no sabiendo lo que hacías, cerrando los ojos. Ligia, Ligia, muchacha, quiéreme.
Fue como un ramalazo de nieve, bueno, no te pongas en poeta, créeme, fue como un borbollón de luna llena, galopaba por ahí o volaba, junto al pino grande, había luz suficiente, decías, tratando de convencer a Ligia, que ahora caminaba de tu brazo, pisando cuidadosa el césped en torno a la casa, palmeando los troncos de los pinos, acariciando el macizo de adelfas, incrédula pero preocupada, sabiendo que hablabas en serio, temiendo por ti, que anduvieras febril, deja de escribir unos días, a ese paso no vas a hacer un libro, sino tres, descansa, y tú preguntándole ¿de ti?, y ella, mirando hacia otro lado, si quieres... y tú besándola allí, contra la pared de la casa, fría ya en esa hora incierta de la anochecida, con las primeras estrellas arriba parpadeando.
La veías salir cada mañana, la bolsa en la mano, tú a trabajar, te decía, a leer y a escribir, camino del pueblo próximo, a comprar lo necesario para comer, unas botellas, unas flores, y tardaba en regresar, dándote tiempo, dejándote solo, como está mandado, como tú deseas, pero a veces te ponías a pensarla, a desearla, a imaginar que no volvería, recobrada de pronto la cordura, y te veías allí, sin ella, las libretas impolutas, los libros, la máquina de escribir , las notas de tanto tiempo, y te confesabas que no serías capaz, y te sorprendías de haber sido capaz antes, cuando Ligia no estaba, cuando tú y tus versos solamente, y salías al camino, a verla venir la bolsa al hombro, la cabeza baja, una flor de tallo largo entre los dientes, flor que tú le quitabas con cuidado, para besarla allí, sin recato, y ella, pero no seas así, la gente nos mira, ten paciencia, que gente, qué paciencia, le decías, y ella miraba tus papeles y los veía intocados y parecía enfadarse, así no juego, vago integral, poeta de mentira, profesor de pega, canadiense del diablo, a trabajar o no te hago de comer, pero la poesía se te escapaba, se escondía debajo de sus pestañas, al otro lado de su dentadura, en su mismo vientre, y tenías que sacarla de allí, luchando con ella con Ligia, con la poesía-a brazo partido, a tiempo perdido, quién eres, por qué viniste, no te vayas, Ligia, muchacha, nunca.
Apenas te habías quedado dormido, después de dar muchas vueltas, inquieto, oyendo el pausado respirar de Ligia, envidiándolo, viéndola allí a tu lado, su bulto tibio, su melena derramada, suave sedosa, soleada, soñando, sonriendo, sueltos sus senos, sencillamente suya, tuya, apenas te habías dejando caer, olvidado, olvidando, apenas te habías dejado caer en la sima, apenas te habías dejado caer en la sima de no ser sino cosa, memoria de haber sido, animal respirando, cuando el cristal vibró, sonó como campana muy clara, incorporándote, tirando de tus ojos hacia el ventanal lunado, tras el que se recortaban el hocico, los azules ojos, la cabeza toda purpúrea, y el cuerno único, blanco en su base, negro en su parte central y en la punta rojo, sangriento, tal si acabara de hundirse en un pecho, y aún luciese, brillase, mostrase su trofeo, el llanto de la herida. Te miraba, casi implorante, y tú le mirabas, ¿comprendiendo?, como si le pidieras perdón, fijo en sus pupilas que la lágrima encendía, ganado ahora por su proximidad, por su certeza, contemplando la albura de su cuerpo al retirarse un tanto, al girar en busca de un rumor para ti inaudible, hijo de la madrugada. Ligia dormía, andaba por un valle remoto, descalza, otra. ¿Tocarla, despertarla, decirle, mira, tras el cristal, ahora, no hables, mira bien, no dudarás, lo tienes ahí, observándonos, pidiéndonos qué sé yo, eso que tú conoces y yo adivino, a un palmo, propicio a la caricia, mortalecido y doliente, nuestro? ¿levantarse, salir, llamarlo con algún nombre aprendiendo de pronto, comprobar que no estaba, que no era, que en la rama retorcida aleteaba la estrige, chistaba, acechando al topillo incauto, señora de la noche, dueña tristeada? Mejor, reclinar la cabeza en la almohada, cerrar los ojos, dejar resbalar la mano por la colcha celeste hasta tocar el pelo de Ligia, el hombro luego, desnudo, cálido, y detenerla allí, confirmadora, mientras la voz más honda llama al sueño otra vez, lo emplaza, y la razón se yergue, dice que no, rechaza el fogonazo de lo insólito, va poniendo en orden los pensamientos, serenándolos, acordándolos, ya.
Tú habías tomado a Ligia como el mar a sus ríos, la habías aceptado naturalmente, había desembocado en ti como si no pudiese hacer otra cosa; apenas una interrogante, qué dirán los tuyos, y ella, vivo sola, mi madre murió, mi padre está en Montreal, acaso lo hayas visto, acaso algún día os hayáis cruzado en una calle, hayáis ido juntos, codo con codo, en el asiento de un autobús, intercambiando alguna frase en inglés, y eso la divertía, palmoteaba, vivía sola, sí, estudiaba, su padre le giraba, puntual, sus dólares cada mes, las cosas no iban bien entre ellos, como no lo fueron nunca en vida de su madre, no te preocupes, soy mayor de edad (¿desde cuándo?), no tengo que rendir cuentas a nadie, y era una suerte. Pero por qué yo, te decías, por qué ese privilegio, a veces te rebelabas contra tu propia buena suerte, contra esa aceptación lógica, ilógica, de las cosas, por qué tanta belleza guardada para mí, y habías de admitir que la fortuna te había señalado con el dedo, que Ligia era un regalo inesperado, y rechazabas el mañana, hoy, hoy, mañana no ha llegado ,hoy son sus labios, su ternura, mañana es una puerta, mañana es una puerta por abrir, mañana es una puerta por abrir de algún modo, mañana es una puerta por abrir de algún modo ignorado, una puerta que Ligia querrá traspasar, gozosa, una puerta que Ligia no querrá traspasar, llorando, mañana es como un dado, mañana es como un dado que tiras, mañana es como un dado que tiras sobre el tapete verde de vivir y contra el que lo has apostado todo, casi todo, todo, a qué negarlo, a qué engañarte, hoy nada más, y basta.
El libro crecía. Tú podías decir, en algunos momentos de gélida lucidez, de lúcida gelidez, que no habías venido a España a encontrarte con una muchacha más o menos hermosa (más), más o menos cándida (menos), sino a escribir un libro, a escribir el libro, ése con que soñabas en las largas soledades del voluntario exilio, el que tenías dentro bien maduro, tus mejores poemas, al cabo. Pero el libro crecía, pese a Ligia, gracias a Ligia, habías de reconocer, a un paso más vivo que el esperado, y sobre él se proyectaba una luz distinta a la prevista, ¿mejor?, ¿peor?, distinta, eso era todo, una luz emanada de ella o rebotada en ella y puesta a tu alcance, o tamizada por ella, luz que la traspasaba y que llegaba a ti a su través, más tenue quizá, pero más entrañada.
Con la luz en los ojos despertaste. La luna se había adueñado de la habitación y todo parecía transfigurado a su contacto; los muebles tenían una pátina como de otro lugar y otro tiempo, y tus propias manos, que mirabas absorto, se habían tornado transparentes, Ligia no estaba. Tu pierna había buscado instintivamente el roce de la suya, luego, sin volver la cabeza, habías dejado resbalar tus dedos con lumbre por la almohada, por el lugar que aún conservaba su calor y, al fin, habías mirado el hueco, el sitio donde ella dormía un instante atrás, y por dentro del cráneo habías sentido el estallido, el golpe ardiente, y un sudor repentino había mojado tu frente, tus sienes, antes de que saltases de la cama, buscases las zapatillas, el pulso temblante, como presagiando algo, como temiendo lo peor, apartando a inciertos manotazos la mariposilla del por qué, y, ciñéndote la bata, salieses del dormitorio, cruzases la sala -todo en su lugar; la lámpara de pie, la mesa de mármol rosa, la figura guineana de madera, el sillón frailuno...-, abrieses la puerta, e irrumpieses en mitad de la madrugada como un fantasma, alucinado, deslumbrado de tanta luna sobre el jardín, de tanta claridad derramada, con los vecinos pájaros desvelados y la adelfa rojeando y la mimosa agitando sus puños amarillos y los pinos dejando oír su susurro hojoso, en tanto el mar, allá, a un paso, ronroneaba, gato azul lastimado, acariciado a contrapelo y por ello irritado, pero disimulando, familiar, fingiendo someterse, cuando en verdad la extraña hora fosforescente erizaba su espuma, afilaba sus uñas abisales y le ponía al borde del salto, al borde de la salvaje sacudida descubridora de su sangre ancestral irrenunciable.
Ligia estaba allí, de espaldas, junto a la cancela, cerca de la pileta de la fuentecilla, el fino camisón dejando ver su cuerpo perfecto, duro y joven, ese cuerpo que había resbalado de sus manos los días primeros como pez en el agua, mitad pudoroso, mitad incitante, que luego había sido tuyo en una entrega absoluta, hembra cerrándose en un círculo, completándose de golpe, cadena a la que faltase un solo eslabón y éste apareciese de pronto, rotundo, fijándose con un limpio chasquido integrador, cadena apresante y liberadora, dolorosa y capaz de consolar. Ligia estaba allí, de espaldas, y anduviste hacia la izquierda hasta distinguir su perfil, hasta descubrir ante ella dos, tres metros más allá, la mancha conocida, la forma esbelta, la soberbia estampa del unicornio, más blanco ahora, más azules los ojos, pero de un púrpura atenuado la noble cabeza, que miraba a Ligia, que la veía dar un paso hacia delante e inmediatamente las cuatro finas patas retrocedían en igual proporción, guardando la distancia, eludiendo la mano que Ligia adelantaba temerosa, negando la caricia que con sus mismos ojos suplicantes alentaba.
El tiempo se había detenido. O corría tanto que no se advertía su pasar, y todo permanecía como en un lienzo, intacto, Ligia allí, y el unicornio, y tú, espectador único, sobrecogido, mudo, retrocediendo ahora, obedeciendo a un impulso súbito, comprendiendo que Ligia, bajo la helada luz lunar, resbalaba hacia el mármol, podía tornarse estatua de sal con sólo volver la cabeza, buscando en el armario la larga pañoleta oscura, saliendo de nuevo y caminando despacio hacia ella, cubriendo su figura de nieve con mucho tacto, para no sobresaltarla, para no despertarla, si dormía.
El unicornio cayó de rodillas y Ligia, arrebujada en la lana confortable. Le ofreció su regazo, pero la rara criatura no lo aceptó, y siguió cayendo, al par que el instante crecía hasta alcanzar la medida del sol en los espejos, es decir, el tamaño de la sed, y entonces pudiste ver cómo Ligia lloraba sin ruido, lloraba sin ruido dulcemente, lloraba sin ruido dulcemente acunada por el agua que había comenzado a brotar, a extenderse sobre la hierba, a empapar sus pies descalzos, el cuerpo todo del unicornio yacente, y era fácil para ti entender tanta desolación, y era difícil para ti y para la alta madrugada y para cuanto se sentía terrenal y decididamente gravitante, consentir tanto vuelo, levedad tanta, la hembra allí, quebrada su doncellez como un vaso de vidrio amatista, el delicado animal vencido, a punto de disolverse, como el squonk, no como él huraño, no vecino de la cicuta, sí lagrimeado, hecho llanto inmenso, esclavo de su destino, sujeto a un suplicio casi tantálico, sin posibilidad de huida, más sabiendo que su terquedad precipitaba su derrota.
Y rompiendo ataduras, mordiéndote los labios para no vacilar, borrándote de la memoria los vestigios de lo que nunca fue , borrándote de la memoria más recóndita los vestigios solemnes de lo que nuca fue verdad, porque la huella no pisada es como el útero propicio que el amor no regó, de esta misma manera avanzaste otra vez hasta el lugar donde Ligia esperaba, avanzaste o llegaste, porque estabas en él como la yerbabuena está en el pozo o el vencejo en la torre, ocupando su espacio preparado, y encerraste el cuerpo de Ligia entre tus brazos y delicadamente lo hiciste andar hacia atrás, como el súbdito respetuoso abandona el salón imperial al que por un instante tuvo acceso, lo hiciste ir hacia la casa, recuperándolo, sintiéndolo poco a poco y cada vez más tuyo, más tuyo cuanto más lo alejabas de donde lo hallaste. La luna se escondió tras un carro de nubes que arrastraba allá arriba los velos de la veste de la sombra, y la madrugada tembló, puso en pie de batalla las interminables hileras de las hormigas vengadoras, apagó los silencios y se dejó aplastar, mientras tú, tras los vidrios, abrazado el cuerpo desnudo de Ligia, que ardía, mirabas, conmovido, el lento agonizar del unicornio.

CARLOS MURCIANO.

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