lunes, 23 de febrero de 2015

EL SECRETO DE LEONARDO DA VINCI.


CAPÍTULO VII

se le cerraban los ojos y dejaba caer la cabeza hacia un lado. -¡Paolo!
Estaba muy serio. La madre le estaba dando un baño con agua no muy caliente y lo preparaba para pasar la tarde.
-¡Paolo!
Violeta miraba fijamente a su hijo, estudiaba su cara.
-¡Umberto! ¡Umberto! ¡Ven, al niño le pasa algo!
El padre escuchó la parte final de la frase con la voz ahogada.
-A este niño le pasa algo-volvió a repetir la madre angustiada.
Lo observaron,Paolo tenía solo nueve meses, pero ya conocían perfectamente su estar, sus reacciones y,efectivamente, aquello era muy extraño. Se le volvió a descolgar la cabeza.
-¡Paolo!,¡Paolo!¡Nooo!¡Diooos!,¡nooo!¡Despierta,por favor,despierta!-suplicaba sacudiendo al hijo,que parecía perder el conocimiento-.¡Umberto,la toalla,el albornoz,rápido,hay que llevar al niño a un hospital!
En unos segundos estaba fuera de la pequeña bañera,seco y envuelto. Umberto,con zancadas decididas se dirigió al dormitorio a coger la cartera que estaba sobre la mesita de noche. La tomó, la miró en la palma de la mano,el rectángulo negro le fijó los ojos. Solo negro,la mente hipnotizada, el cuerpo se le fue aflojando, perdía las fuerzas. Se sentó sobre la cama y bajó la cabeza recogiéndose sobre sí mismo. Se escuchó un gemido. El dolor le salía de dentro y aquel pedazo de hombre se vio inundado por un mar de lágrimas que le empañaban las gafas y corrían mejillas abajo, la boca desmesuradamente abierta, el rostro enrojecido, inmóvil.
Violeta entró en la habitación con el niño en brazos.
-¡Umberto!
Ella comprendió rápidamente la situación. Se acercó a él y le habló despacio, bajando la voz mientras se sentaba a su lado.
-Venga, vamos, no podemos, ahora no,-Ella apoyó la cabeza en el hombro de él.
A pesar de lo que su cuerpo le pedía era salir corriendo tuvo unos segundos también para recomponerlo. Le dió un sitio en aquel momento de urgencia. Así era Violeta.
Umberto reaccionó. Medio abatido la siguió, ella marcaba la pauta.
Lucharon por que el pequeño Paolo permaneciera despierto. El niño ya apenas reaccionaba. Parecía que se le iba la vida,
Por fin dormia agotado, en los brazos de su madre.
-¿Lloró mucho el primer día cuando lo dejaron en la guardería?
-Sí, parece ser que un poco después de irnos-contestó Violeta.
El pediatra seguía con sus anotaciones.
Habían recorrido todas las guarderías hasta encontrar una que les pareció la más adecuada, con todos los medios materiales imaginables. Todos los posibles peligros estaban contemplados y se les había puesto solución. También era la más cara, con diferencia, pero eso no importaba si Paolo estaba bien atendido.
-¿El segundo día lloró también?
-No, pero ya su actitud hacia nosotros era distinta.
-¿Este niño es tan serio siempre?
-No, a eso me refería, estaba muy serio, evitaba nuestra mirada, no nos sonreía como siempre, pensamos que era su forma de mostrarnos su enfado por haberlo dejado allí.
-Señora, que le niño tiene solo nueve meses...
-No importa, nos entendemos perfectamente.
-Señora... -el médico mostraba una sonrisa irónica sin levantar la vista del papel-, un bebé lo único que quiere es estar al lado de alguien. La quiere a usted porque es la que le da de comer.
-No dudo de que sea así al principio, pero ya no.
El médico levantó la cabeza y se le quedó mirando. Violeta también lo miraba a los ojos, ya estaba tranquila. Después de unos segundos supoque aquella mujer tenía las ideas muy claras, desvió la vista hacia el pequeño que, hasta dormido, mantenía el gesto serio. Mientras tanto, Umberto había sacado una pequeña foto de la cartera que poco antes le había visto desmoronarse. La entregó al médico.
-Además de risueño, con cara de satisfacción -dijo mientras observaba aquella imagen, contagiándose de las sensaciones que le trasmitía-.Un niño feliz -concluyó-. Verán, no sé lo que ha pasado, físicamente su hijo no tiene en su cuerpo la más mínima señal, pero lo han podido dejar llorando sin prestarle la debida atención, no sé, es imposible saberlo si los que han estado con él no nos informan, y el suyo parece que, además, es algo especial.
-El médico enfatizaba la palabra ¨especial¨y volvía a la sonrisa que a ojos de Violeta mostraba el desacuerdo con ella.
¨Todas las madres pensáis que vuestro hijo es especial¨.
¨Usted será médico, pero a mi hijo no lo conoce nadie mejor que yo¨.
-También ocurre que cada niño reacciona de una forma distinta cuando va por primera vez a la guardería. Con frecuencia, los padres aprovechan que el pequeño ha quedado algo distraído para marcharse -Violeta y Umberto se miraron-, hay que decirle al niño que se va a quedar allí y que después volverán a recogerlo. PERO NO IRSE A ESCONDIDAS. -El pediatra permaneció callado por unos segundos, parecía esperar una respuesta.
¨¿Cómo lo dejaron en la guardería?¨.
-Bueno, nosotros vimos que andaba de la mano de una de las asistentas mirando, observándolo todo, como él suele hacer, nos hicieron una señal para que nos marcháramos, todo estaba perfectamente..., lo había aceptado bien..., y nos fuimos.
¿Pero no me ha dicho antes que ustedes y él se entienden perfectamente?
Hay especialistas que te las guardan si no estás de acuerdo con ellos, y este parecía ser uno de esos.
-¿Por qué no le dijo que volvía a por él en un rato? Mirándolo a los ojos, sonriéndole, que él percibiera que no pasaba nada.
Se volvieron a mirar, recapacitaban. El pediatra, como mínimo, en aquello iba a tener razón. Puestas las cosas en su sitio, custión importante para aquel hombre, su actitud mejoró.
-No quiero decir que ese sea el motivo, solo digo QUE A UN NIÑO PEQUEÑO, SI HAY QUE LLEVARLO A LA GUARDERÍA, LA MEJOR SERÁ DONDE LE DEN CARIÑO, Y POR SUPUESTO, QUE NUNCA SE SIENTA ABANDONADO POR SUS PADRES.
Podía ser eso, perfectamente podía ser eso, que se hubiera sentido abandonado. Nada más de pensarlo se les hacía un nudo en la garganta.

Paolo había quedado completamente agotado física y mentalmente. Costó mucho trabajo conseguir que aquel niño volviera a ser el que era, de hecho nunca volvió a ser el mismo. Su estar natural se volvió serio y, pronto, sin darse cuenta, se refirieron a él como ¨el pequeño Di Rossi¨, por el apellido, recogiendo así aquel gesto seco, callado y reservado que desde entonces tuvo su hijo. Aunque él nunca se quejó, no le gustaba, la expresión contenía la palabra ¨pequeño¨, como ya se veía cuando se comparaba con los niños de su edad.

ANTONIO BUSTOS BAENA.

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