lunes, 2 de febrero de 2015

EL SECRETO DE LEONARDO DA VINCI.


Capítulo IV

De vuelta al barco se sentó en la proa, de nuevo el ronroneo de los motores.
Al frente, el skyline de Manhattan, un perfil inigualable. Por mucho que se haya visto antes en fotografías y películas, esa imagen llena, te hace sentir algo especial. Y Umberto, presenciándola en directo, recibió una energía vital que le fortaleció.
Por el extremo vio a la chica aproximarse. De nuevo nervioso, la miró, su sonrisa, sus hoyuelos. Notó que ella también le observaba, apartó la vista. Siguió pensando en su indefinición. La atracción le hizo buscarla de nuevo, se fijó en el piercing. Ella se dio cuenta, se acercaba.
_Y tú, ¿de que tribu eres?
_¿Perdón? _Él no terminaba de comprender.
_Que... ¿a qué tribu perteneces? Miró a un lado y a otro, se sentía inseguro.
_Disculpa, no, no, no... entiendo.
Hablaba bajo, tartamudeando y sin claridad. Pestañeó repetidamente mientras la miró medio segundo. Desvió la vista mientras ella no le quitaba ojo, permanecía tranquila y alegre.
_Estamos en Nueva York, en Manhattan, la mayor concentración de etnias, religiones, costumbres y tipos de personas de todo el planeta Tierra.
Él sonrió nerviosamente y asintió con la cabeza.
A la de los turistas le contestó por fin mientras ella se sentaba a su lado sin dejar de mirarlo_. ¿Y tú? _Se sorprendió a sí mismo por haberse atrevido a preguntar.
_En cualquiera que tenga un punto underground me encuentro bien.
Ya veo le contestó de nuevo sonriendo y relajándose un poco_. ¿Vives aquí? _De nuevo se le escapó una pregunta, no se reconocía.
_Sí, bueno..., hasta que termine unas prácticas que estoy haciendo, hasta final de año.
_¿Por los estudios?
Sorprendido con él mismo, se sintió eufórico y animado porque estaba haciendo algo que para la mayoría de las personas era normal, pero que para él era todo un mundo, hablar con una joven desconocida y tener algo de iniciativa.
_Sí, final de carrera.
La miró un tanto atónito, parecía muy joven, de nuevo su aspecto se imponía.
_¿Dónde las estás haciendo?
_En JP Morgan.
_¿En JP Morgan?. _le preguntó mientras la volvía a mirar extrañado.
_Sí, bueno..., claro. _Le miró el piercing de nuevo, ella se dio cuenta.
Hay un pequeño truco cogió el aro metálico y se lo quitó, no llevaba hecho agujero alguno_, el lunes por la mañana soy otra persona.
El se rió, pero siguió pensando que su aspecto no pegaba. Imposible imaginársela, por ejemplo, con falda y zapatos de tacón.
_Así que no llevas... _le dijo señalándose el punto del labio inferior.
_No, ni siquiera para unos pendientes. _Se separó un poco el pelo y le mostró el lóbulo de la oreja.
Agudizó la vista con ese gesto suyo, enseñando los dientes. La volvió a mirar. La cara risueña, no había rastro de pintura ni maquillaje. Las cejas quizás algo depiladas, pero poco, tampoco le hacía falta, y tenía un punto de color natural, con brillo, como el que toma la piel después del primer día de playa en verano.
_¿Qué edad tienes? _le preguntó mientras se ajustaba las gafas y le iba cogiendo el gusto a eso de preguntar, cada vez que lo hacía experimentaba un punto de emoción y satisfacción al mismo tiempo, estaba consiguiendo superar algo que era un calvario para él.
_Veintitrés _le contestó ella..., y siempre su sonrisa.
No los aparentaba, parecía más joven.
_¿Y qué has estudiado?
_Económicas y Derecho.
De nuevo repasándola. Era difícil de creer, la veía como una cría, y su aspecto... Él mostró una sonrisa irónica que ella captó. No le importó, estaba acostumbrada.
_Verás, me encanta ver el aumento de la cotización de un activo subyacente y el efecto positivo que produce en el Warrant Call, su prima se incrementa mientras que los precios del Warrant Put caen, y la Delta diciéndome cuánto va a variar el Warrant ante la variación de un euro en el activo subyacente. Ya ves, me gusta, me encanta, me puedo pasar horas y horas estudiando gráficas, pero ¿sabes una cosa? _Habló rápida, decidida, sin el más mínimo titubeo.
A él le cambió la cara, no sabía qué decir, le estaba preguntando algo y él solo tenía en la cabeza una palabra; warrant.
_¿Qué? Perdón, dime.
_Que esas gráficas y esos Warrants dan beneficios de manera exponencial con una inversión mínima. ¿Entiendes?
_No del todo, más que entender intuyo.
_¿Y qué intuyes?
_No sé, beneficios..., dinero.
Libertad dijo ella mientras miraba a su alrededor y suspiraba, le señaló la Estatua de la Libertad_, que mi padre no tenga que salir a pescar cada noche, esté la mar como esté.
Estaba completamente desorientada con la chica, tampoco tenía costumbre de hablar con mujeres. Su timidez, su inseguridad le podían. Después estaba la sensación indefinida que le trasmitía, sin embargo parecía no sentirse tan extraño hablando con ella.
El ferri se acercó a Ellis Island, buena parte del pasaje se dispuso a desembarcar.
_¿Vas a bajar? _preguntó él.
No, no me trasmite buenas sensaciones. Hay mucho sufrimiento, inseguridades y miedos en ese lugar. Si te fijas bien en todo eso la chica señaló Manhattan_, buena parte está basado en el sufrimiento. La obra del Empire, por ejemplo, estaba presupuestada en cuarenta y cinco millones de dólares; pero cómo se construyó en la época de la gran depresión, consiguieron ajustar tanto el presupuesto que al final su coste no llegó a los cuarenta y un millones. Todo un éxito, pero ¿a costa de qué?, de trabajadores dando el máximo por el mínimo. Dime, ¿conoces un caso en el que una obra cueste menos de lo presupuestado?
Era la primera vez que veía la cara de ella seria..
No, no conozco ninguno quedó pensativo_, al contrario, los presupuestos en construcción parecen estar hechos para ser sobrepasados. Ella volvió a sonreír_. En la historia se dan casos que vistos con la óptica actual pueden parecer vergonzantes, pero en la época que se produjeron eran, digamos..., más naturales.
Ella pensaba en las fábricas centroeuropeas, multinacionales de todos conocidas, y la colaboración de hecho que hubo con el partido nazi. Pero él se estaba refiriendo a algo que les quedaba en aquel momento más cercano, sobre todo a ella, y que quizás desconocía por completo.
La misma JP Morgan aceptó en el siglo XIX esclavos como garantía de préstamos continuó él_, y algunos terminaron siendo de su propiedad cuando los propietarios de las plantaciones no pudieron devolver el dinero.
Ella lo miró seria y extrañada.
_¿Es cierto eso?
_Completamente.
Miró pensativa sus ojos, después se fijó en su pelo largo.
_Y tú, ¿a qué te dedicas, John Lennon?
_Soy profesor de historia.
Ella sonrió mientras apiñaba los dedos de su mano derecha, haciendo ese gesto tan italiano.
¨Y yo dándote clases...¨.
Y él la siguió viendo casi como a un chico.
_¿En Nápoles?
_Sí, en un Instituto.
_Pero tocarás la guitarra.
_No.
_¿No tocas la guitarra?
_No.
_¿Ni cantas?
_Tampoco.
_¿Ni compones nada?
_Nada, tampoco bailo, no me lo vayas a preguntar.
Ella movió negativamente la cabeza con su sonrisa pícara. Él se sintió más relajado, y fue entonces cuando ella le dijo:
_Pues has perdido una oportunidad.
Él se puso rojo, no sabía muy bien lo que ella había querido decir, pero por un segundo entendió una insinuación.
Ella lo observaba en esos momentos. Él pensó, ¨tierra trágame¨. Le hubiera gustado desaparecer, más aún cuando la vio abrir desmesuradamente la boca interpretando la rojez de su rostro y de cómo había podido él tomar sus palabras.
_Quería decir... _dijo mientras se llevaba las manos a la boca, mió al cielo para después volverlo a mirar.
Se compadeció de él, lo debía de estar pasando mal. Alargó su mano y se la puso sobre el hombro. Ese simple contacto le hizo sentir como si una corriente fluyera entre los dos.
_No te preocupes _consiguió decir avergonzado, notando el tremendo calor en sus mejillas que no podía controlar.
Intentó aliviarlo cambiándole el pensamiento que le pudiera estar rondando la cabeza.
_¿No te han dicho nunca que te pareces a John Lennon?
Sí contestó mientras parecía que le bajaba un poco la tensión_, alguna vez.
Se echó el pelo hacia atrás, la mano en la frente secó unas diminutas gotas de sudor que habían hecho aparición. Estiró el cuerpo, buscó el alivio del aire en el rostro.
_Eres igual, a nada que compongas o cantes algo que pueda parecer una segunda parte de Imagine, triunfas.
_¿Tú crees? _dijo por decir, mostrando de nuevo la sonrisa nerviosa, forzada.
_Seguro, eres igual que él, también alto, delgado, ¿qué edad tienes?
_Treinta y tres.
_Bueno, eres un poco viejo.
_No te pases, él murió con cuarenta años.
Entonces te quedan siete años buenos por delante. Él se rió ya más relajado y afirmó con la cabeza, la siguió viendo como un chico travieso; de nuevo se fijó en su pecho, apenas se le marcaba en la camiseta_, ¿Has estado en el edificio Dakota, donde vivía y lo asesinaron?
_No, llegué hace dos días, el dieciocho, no me ha dado tiempo.
Es verdad..., las fiestas de San Genaro dijo ella alegrándose, recordando la ebullición de las calles de Nápoles festejando el día del patrón de la ciudad_. Debes ir a ver el Dakota, junto con el edificio del Hotel Plaza, son los mejores de los que dan a Central Park. _ Él asintió con la cabeza mientras ella dirigía la vista hacia el embarcadero de Battery Park, al que estaban a punto de llegar.
Volvió a fijarse en ella. El rostro limpio con aquel rayo de color. Su estar era entre seguro y despreocupado al mismo tiempo. Le producía extrañeza en una chica tan joven y sola en una ciudad como Nueva York. Pensaba que debía de tener una gran fuerza interior, algo que a él le faltaba.
Las amarras quedaron fijadas al muelle. La excursión había terminado.
_¿Tienes algo que hacer ahora? _Dudó ante la pregunta que ella le hacía.
_No.
_Little Italy está cerca, podríamos acercarnos y celebrar San Genaro.
El empleado del negocio, que había ido explicando la historia de la Estatua de la Libertad, de nuevo completaba su trabajo mostrando la sonrisa amable a medida que los turistas le iban entregando las propinas. Pasaron a su lado, les miró, ellos ni lo vieron.
_Pero San Genaro fue ayer.
_Aquí las fiestas se alargan once días, casi tanto como en Nápoles. Se montan gran cantidad de casetas. También está lleno de pizzerías, aunque la comida te sabrá diferente, podemos comer en una de ellas..., ya va siendo hora.
A pesar de que había desayunado temprano no le apetecía en absoluto comer, sentía molestias en el estómago. ¨Los nervios¨, pensó. Ella le sonrió y finalmente él dijo que sí.
Los primeros pasos en tierra firme. Caminaban desde el bajo Manhattan adentrándose en la ciudad. Ella le hablaba de que los neoyorquinos tienen predilección por los edificios y la arquitectura que se hacía ¨antes de la guerra¨.
_Así es como los llaman, es la expresión que usan. Sí, en aquel tiempo había auténticos albañiles venidos de Italia.
En Mulberry Street se podía degustar todo tipo de comida italiana y, además de pasta, buen marisco.
_Entremos en esta _dijo ella.
Miró la fachada, se fijó en el letrero: Umberto´s Clam House. Se sintió como en casa.
Las mesas pequeñas, los manteles a cuadros rojos y blancos. Estaba casi lleno, pero quedaba mesa para ellos dos. Un amable camarero con un bigote de fantasía que parecía sacado de una película les invitó a sentarse, y lo hicieron frente a frente. Les pareció un lugar agradable y familiar. Él estaba más relajado después del paseo, el local era acogedor y de nuevo se atrevió a preguntar.
_¿Y cómo se llama la chica con más futuro en JP Morgan?
_Violeta.
No le pegaba a su imagen. Lo repitió mentalmente para asimilarlo.
¨Violeta, Violeta, Violeta¨.
La miró y, por primera vez, la vio, sin dudar, como una mujer.
_¿Y cómo se llama el viejo profesor que se parece a John Lennon? _Él sonrió.
_Como el jefe del clan.
_No comprendo _dijo ella poniendo las cejas rectas.
Él señaló el nombre del negocio en la carta: Umberto´s Clam House.
_Debo de ser muy torpe, sigo sin comprender.
Y él pensó que la chica no era tan inteligente como hasta ese instante le había parecido.
_Umbert´s Clam House, ¿comprendes?
Ella repasó el nombre y se dio cuenta del equívoco. El significado de Clam es ¨almeja¨. Así que lo que sí comprendió es que su inglés no debía ser muy bueno, él había traducido Clam por ¨grupo¨. No le dijo nada respecto al error cometido y se alegró de conocer su nombre.
_¡Ah!, ¡Umberto!, entonces estás en tu casa.
_Eso mismo pensé yo cuando vi el letrero de la entrada.
Ella sonrió, repasó el rostro de él pensativa, le resultaba más atractivo aún que la primera vez que lo vio. Se inclinó acercándose. Él notó esa proximidad, tuvo que aguantar para no echarse hacia atrás; pero ella solo le quería hacer partícipe de algo. Le comentó que aquel lugar estaba relacionado con una canción de Bob Dylan, titulada Joey. Miró a su alrededor, él admiraba al cantautor.
Profesor, ahora te voy a dar yo una lección de historia. Lo miró a los ojos con su permanente sonrisa, y después repasó las paredes llenas de fotografías mientras continuaba hablando_.Verás, creo que fue en abril de 1972 cuando asesinaron a tiros, aquí mismo, a Joey Gallo...
¨¡Tac!¨. En su mente sonó el disparo fuerte y seco, como aquel día.
¨¡Tac!¨ ¡Tac!¨. Después vinieron los otros dos, seguidos, de nuevo quedaron dentro, retumbando. Y el golpe en el hígado. ¡Bum! La tremenda descarga nerviosa le produjo el mismo efecto que un golpe físico. Le dolió tan fuerte como si le hubieran dado un puñetazo que le dejara sin respiración.
Ella continuaba hablando.
Joey estuvo en prisión e hizo una protesta conjunta con los presos negros contra los guardianes... él comenzó a ponerse pálido, se estaba mareando, no sabía si iba a ser capaz de ponerse de pie y no caerse_, así que cuando salió incorporó a su grupo pistoleros negros, después estos fueron ascendiendo poco a poco dentro de la mafia...
Apoyó fuertemente las manos sudorosas y a la vez frías sobre la mesa intentando equilibrarse y no caer. Ni sentado se sentía seguro, parecía que se acababa de subir en una noria. El sudor helado, el mareo inmenso. Le entraron unas tremendas ganas de vomitar, no sabía dónde estaba el baño, ni siquiera si sería capaz de llegar.
Ella estaba en la historia, repasando con la vista el establecimiento y no se daba cuenta.
Él pensó en la situación tan vulnerable en que se encontraba y sintió vergüenza ante lo que pudiera pensar la chica, todo el mundo.
Notó multitud de pinchazos en las yemas de los dedos, miles de alfileres clavándosele continuamente. El mareo subió aún a más intensidad, creyó que iba a morir.


Despertó. Tomó noción de la cantidad de gente que había a su alrededor. Aunque veía imágenes deformadas, distinguía al camarero que estaba a sus pies y que los mantenía levantados en alto. Escuchó la voz de Violeta que se agachaba sobre él, le estaba poniendo en la frente una bolsa con hielo dentro, después la pasaba al lateral, a la sien.
_¡Uff...! _Se llevó la mano a la cabeza.
_¿Te duele? _le preguntó ella.
_Sí, bastante.
_Es donde te has dado el golpe al caer.
_¿Me he desmayado?
_Sí.
_¿Padece usted alguna enfermedad del corazón? _le preguntó un hombre que quedaba al otro lado y le estaba tomando el pulso.
_No.
_¿Algún otro tipo de enfermedad?
_No.
El hombre levantó la cabeza y afirmó: ¨Un simple desmayo sin importancia¨.
Se incorporó poniéndose las gafas y tomó de nuevo asiento. Bebió agua en abundancia. Ella volvía a estar de nuevo frente a él observándolo, sonriendo de manera especial. El resto de la gente lo miraba de vez en cuando, su palidez seguía llamando la atención. Se sentía muy incómodo.
John Lennon, en el suelo parecías más largo aún dijo pasándole la mano por el pelo hasta llegar a la sien_.Te va a salir un buen chichón aquí. _Y después la bajó hasta la de él que descansaba sobre la mesa, la tomó con naturalidad.
Ese contacto le hizo mejorar, extrañamente comenzó a sentirse seguro.

ANTONIO BUSTOS BAENA.

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