jueves, 29 de enero de 2015

UNA CERVEZA DE FRESA Y TRES APRETONES, POR FAVOR.


A mi madre le encantaba la cerveza de fresa. Para mí era un momento muy emocionante pasar a verla y sorprenderla con su refresco favorito.
En su últimos años, papá y mamá vivían en un centro para jubilados. Debido en parte a la tensión provocada por el síndrome de Alzheimer que padecía mamá, papá enfermo y ya no pudo cuidar de ella. Residían en habitaciones separadas, pero estaban más unidos que nunca. Se querían muchísimo. Cogidos de la mano, los dos enamorados de cabellos plateados paseaban por los pasillos, visitaban a sus amistades, transmitían amor. Eran los ¨románticos¨ del centro de jubilados.
Cuando me di cuenta que el estado de mi madre empeoraba, le escribí una carta de agradecimiento. Le dije lo mucho que la quería. Me disculpé por mi tozudez en los años de crecimiento. Le dije que era una madre estupenda y que estaba orgulloso de ser su hijo. Le conté cosas que había deseado expresarle durante muchos años, pero había sido demasiado terco para decírselas hasta que caí en la cuenta de que ella ya no podría comprender el amor subyacente a las palabras. Fue una extensa carta de amor y de despedida. Papá me dijo que ella solía pasar horas y horas leyendo y releyendo esa carta.
Me entristecía ver que mamá ya no sabía que yo era su hijo. Preguntaba a menudo: ¨ ¿Cómo has dicho que te llamas?¨, y yo respondía con orgullo que me llamaba Larry y que era su hijo. Ella sonreía y me tomaba la mano. Me gustaría poder experimentar otra vez ese contacto tan especial.
Con ocasión de una de mis visitas, pasé por la licorería del barrio y compré una cerveza de fresa para mi madre y otra para mi padre. Fui primero a la habitación de ella, volví a presentarme, charlamos unos minutos y luego lleve la otra cerveza de fresa a la habitación de papá.
Para cuando regresé, mamá casi se había terminado la cerveza. Se había acostado en la cama para descansar. Estaba despierta. Los dos sonreímos cuando me vió entrar en la habitación.
Sin mediar palabra, acerqué una silla a la cama y me incliné para cogerle la mano. Fue un contacto divino. Yo afirmaba calladamente mi amor por ella. En ese silencio, podía notar la magia de nuestro amor incondicional, aunque sabía que ella no era consciente de quién le cogía la mano. ¿O acaso era ella quien cogía mi mano?
Al cabo de unos diez minutos, sentí en mi mano un suave apretón..., tres apretones. Fueron breves, y al instante supe qué me decía sin necesidad de oír palabra alguna.
El prodigio del amor incondicional es alimentado por el poder del Divino y por nuestra imaginación.
¡No podía creerlo! Si bien ella ya no podía expresar sus pensamientos más íntimos como antes, no había necesidad de palabras. Era como si volviera por un breve momento.
Hace muchos años, cuando papá y mamá eran novios, ella había inventado esta manera especial de decir a mi padre: ¨¡Te quiero!¨ cuando asistían a misa. Él le devolvía dos suaves apretones para decir: ¨¡Yo también!¨.
Di dos suaves apretones a su mano. Ella volvió la cabeza y me dedicó una afectuosa sonrisa que jamás olvidaré. Su semblante irradiaba amor.
Recordé sus expresiones de amor incondicional hacia mi padre, nuestra familia y sus incontables amigos. Su amor sigue influyendo profundamente en mi vida.
Transcurrieron ocho o diez minutos más. No hubo palabras.
De repente, se volvió hacia mí y pronunció pausadamente estas palabras:
_Es importante tener a alguien que te quiera.
Lloré. Eran lágrimas de alegría. Le di un cálido y tierno abrazo, le dije lo mucho que la quería y me marché.
Mi madre nos dejó poco tiempo después.
Aquel día se dijeron muy pocas palabras; las que pronunció ella fueron palabras de oro. Siempre guardaré en mi memoria aquellos momentos tan especiales.

LARRY JAMES.

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