viernes, 23 de enero de 2015

TERROR EN EL BOSQUE.

Drama de la vida real.


En el pintoresco parque nacional de Jasper, entre las montañas Rocosas del Canadá, en la provincia de Alberta, el otoño es una estación especialmente hermosa. La mayoría de los veraneantes han regresado ya a sus hogares, y son los amantes de la naturaleza quienes visitan entonces aquella incomparable soledad. Para una joven familia, sin embargo, el 14 de septiembre de 1972 comenzó como una simple excursión por un antiguo y bello sendero, y se convirtió en un día de terror y en una lucha a vida o muerte que nunca olvidarán.

Al y Nancy Auseklis, entusiastas de las actividades al aire libre, se habían organizado la vida muy a su gusto. Antiguos participantes en las competiciones norteamericanas de esquí, ambos trabajaban como monitores con los esquiadores jóvenes de Kalispell, en Montana. Con ello, el matrimonio reforzaba los ingresos que obtenía de su negocio de venta de motores de pequeña potencia. En septiembre de 1972, después de haberse entrenado a fondo para intervenir en la próxima temporada de esquí, el matrimonio decidió tomarse un descanso. Partieron hacia el parque nacional de Jasper en compañía de sus dos hijos, Alex de tres años y medio, y Anna, de dos y medio, con el propósito de gozar de un día de campo.
Ya en Jasper, Al y Nancy consultaron un mapa del parque y decidieron tomar un corto sendero, no demasiado escarpado para los niños. El pequeño Alex se adelantó inmediatamente; le seguía su hermana. Tras una hora de camino, los niños se cansaron y pidieron a sus padres que los llevaran a la espalda, sobre las mochilas. Quizá fue eso lo que les salvó la vida, pues apenas habían reanudado alegremente la marcha ( Alex en la mochila de Al y Anna en la de Nancy ) cuando un rugido imponente rasgó el silencio del pinar.
Nancy fue la primera que vio al oso gris. Poco faltó para que se le paralizara el corazón al reconocer instantáneamente el pelaje obscuro, con puntas plateadas, la giba inconfundible sobre las paletillas del animal, la enorme mole de la temible bestia. Al y Alex iban delante, fuera de la vista de Nancy, pues acababan del salvar un desnivel, y el oso avanzaba hacia ellos bajando violentamente por la empinada ladera. Con el rabillo del ojo, Nancy vio también un osezno que huía en dirección contraria.
Un terrible instante después de que el oso, es decir, la osa, desapareciera de su vista, Nancy oyó lo que más tarde describiría ¨ como un rugido estremecedor. A través de aquel estruendo aterrador se oían los angustiosos gritos de mi hijo Alex ¨.
Acuciada por el miedo, y recordando que el oso gris no trepa a los árboles, Nancy trató de ponerse a salvo en un pino cercano. Pero cargada como iba con Anna, que pesaba trece kilos y medio, no consiguió su propósito.
¨ Fue entonces cuando me invadió un furor instintivo ¨, recuerda. ¨ Tenía que hacer algo. Trataría de salvar a los seres que más quiero en el mundo ¨. Venciendo cualquier sentimiento de impotencia, reunió armas; una rama, piedras, cualquier cosa.
¨ Como un tren de mercancías ¨ . Advertido por los rugidos de la osa, Al se había vuelto a tiempo para ver la bestia ¨ cargar contra nosotros con la violencia de un tren de mercancías ¨ . Trató desesperadamente de arrancar un pino joven, pero las raíces resistieron y no tuvo tiempo para esforzarse más. En el último momento, se apartó de un salto y logró esquivar a la osa. El plantígrado se volvió al instante, sin embargo, y arremetió de nuevo...esta vez lanzándose contra la espalda de Al, donde Alex iba sujeto a la mochila. El hombre giró con rapidez para proteger al niño, que lloraba a gritos. En esta ocasión, la osa le alcanzó y derribó de espaldas, con lo que el pequeño Alex quedó debajo de su padre.
Rugiendo con furia, la bestia cayó sobre padre e hijo. Al sintió que la osa le mordía y desgarraba la pierna izquierda. En su desesperación, con el pie que le quedaba libre propinó a la osa una patada en el hocico y logró lastimarla, pues esa parte es muy sensible. De pronto, la bestia abandonó su presa y se volvió hacia Nancy. Sin embargo, cuando Al se levantó trabajosamente, apoyándose sobre la pierna derecha, la osa cargó de nuevo contra él. Otra vez derribó a Al y, clavándole los colmillos, comenzó a desgarrarle la pierna derecha. Maldiciendo por el dolor, pateó la cara del animal con la pierna que ya tenía herida. Nuevamente, la bestia soltó su presa y se lanzó contra la mujer, esta vez con atroz decisión.
Una madre contra otra. Entretanto, Nancy había conseguido arrancar una larga rama de pino que sujetaba bajo el brazo. Así armada, bajó corriendo por el sendero para reunirse con su esposo. Al ver que la bestia avanzaba hacia ella, Nancy se refugió detrás de un grupo de pinos jóvenes y se apoyó de espaldas contra un árbol, buscando proteger a Anna. E hizo frente a la jadeante osa, pegándole con el palo en el lomo cada vez que la bestia las acometía. Durante todo este tiempo, la niña no había dado ni un grito: estaba paralizada de espanto.
De pronto, inexplicablemente, la osa dio la vuelta y se alejó por el sendero que la familia Auseklis había seguido pocos minutos antes. En el extraño silencio que siguió a la huida del animal, Nancy se sintió invadida por un nuevo terror. Sin atreverse a pensar en lo que encontraría, echó a correr hacía Al. La mujer recuerda que su marido hacía esfuerzos para ponerse en pie. Y agrega: ¨ No sé por qué, sus imprecaciones fueron un enorme alivio para mí ¨ . El pequeño Alex, sobre la mochila de su padre, lloraba y temblaba aún, pero milagrosamente había resultado ileso.
Al tenía ambas piernas horriblemente laceradas y con tremendos agujeros en los puntos en que la osa le había desgarrado la carne. Mientras Nancy hacía tiras su chaqueta para improvisar unas vendas, varias preguntas acudían a su mente: ¿ Estará bien que deje aquí a Al para ir a pedir auxilio ? ¿ Lo encontraré cuando regrese ? ¿ No morirá desangrado ? ¿ Y si el animal vuelve ? Un gemido de Alex interrumpió sus caóticos pensamientos. ¨ ¿ Nos vamos a morir, mamá ? ¨. preguntaba el niño. ¨ ¿ Papá se va a morir ? ¨
Rastros en la cañada. Para Al, aquello pasaba de la raya. ¨¡ Vámonos de aquí ! ¨, exclamó, levantándose trabajosamente con ayuda de Nancy. Apoyado en unas muletas improvisadas con ramas de árbol, se puso en marcha entre agudos dolores; trataba de no desmayarse y se sentía más débil a cada minuto. Nancy llevaba al pequeño Alex a la espalda, en la mochila, y a la niña en un brazo; cerca de treinta kilómetros en total.
¨ En tal situación ¨, comenta Nancy, ¨ era esencial mostrar serenidad, pues nada asusta tanto a los niños como ver a sus padres heridos y sin saber qué hacer. Hasta ese momento, Anna no había dicho una sola palabra, lo cual ya empezaba a preocuparme ¨.
Como la bestia había marchado por el sendero en la misma dirección que traían los excursionistas, decidieron abrirse paso por la tupida maleza en otra dirección. Llegaron por fin a lo que supusieron sería otra vereda para excursionistas y la tomaron, pero después de seguirla durante cerca de una hora vieron que se borraba. Discutían el rumbo que debían tomar, cuando el matrimonio llegó a un claro desde el cual pudieron avistar, al fondo de una larga pendiente, el río Athabasca. No les quedaba más remedio que dirigirse hacia el río y confiar en que, siguiendo su curso, volverían a la civilización.
Un acantilado les cerraba el paso, pero encontraron una senda abierta por los animales que atravesaba serpenteando una cañada boscosa; aquél era el único camino transitable. Cuenta Nancy que se sentía ¨ a punto de caer por el peso de los niños y por el temor constante de que Al se desplomara sin sentido ¨. Así pues, persuadió al pequeño Alex para que se bajara de la mochila y siguiera a pie.
Nancy todavía no se explica cómo logró su marido bajar por el barranco. Al, por su parte, explica sencillamente que, consciente de que debía recibir asistencia médica inmediata, descendió tendiéndose boca abajo y arrastrándose con ayuda de las improvisadas muletas.
Al fondo hallaron la vía del ferrocarril y oyeron, con profundo alivio, ruido de máquinas que llegaba de una cercana estación de bombeo de petróleo. Tranquilizado ante la inminencia del socorro, Al se dejó caer en un estado de semiinconsciencia. Los niños se quedaron a su lado mientras Nancy corría a la estación y franqueaba la puerta. Gritó pidiendo ayuda entre el ruido de las bombas, pero no recibió respuesta. Dio por fin con una puerta reservada a los empleados y la abrió. Dentro almorzaban cinco hombres sentados a la mesa. ¨ ¡ Gracias a Dios ! ¨, se dijo Nancy, y exclamó: ¨ ¡ Auxilio, por favor ! ¡ Una osa atacó a mi marido ! ¨
Mientras uno de los empleados se comunicaba por teléfono con el jefe de guardabosques y con el Hospital General Seton, de Jasper, otros cogieron un botiquín para primeros auxilios y partieron en busca del herido. Cuando llegaron, Al estaba ya consciente del todo. Le curaron las heridas lo mejor que pudieron, y uno de los trabajadores llevó su automóvil hasta el lugar. Tendieron al herido en el asiento trasero y, a continuación, el resto de la familia Auseklis se acomodó en el coche, que partió rápidamente hacia el hospital.
Las heridas cicatrizan. Los médicos tardaron cerca de dos horas en suturar las heridas de Al. Había tenido suerte en tres aspectos: aunque ambas piernas se hallaban terriblemente desgarradas, los tendones principales estaban intactos; nervios y músculos aparecían dañados, pero no irreparablemente; y lo más importante de todo: la osa no le habían roto ninguna arteria.
Tras dejar a Al en el hospital, Nancy relató lo sucedido al jefe de guardabosques del parque, quien ordenó cerrar inmediatamente todos los senderos de la zona donde había ocurrido el ataque y busca a la osa; esto último fue en vano.
Después de una lenta y dolorosa convalecencia de dos meses, Al se hallaba recuperado, impaciente por reanudar sus entrenamientos. A mediados del invierno ya esquiaba como de costumbre, y sólo le han quedado algunas cicatrices y cierto envaramiento de una de las piernas como recuerdo del percance.
También los niños han recobrado el ánimo. ¨ Todavía nos hacen algunas preguntas ¨, cuenta Nancy. ¨ Pero hemos intentado explicarles que la osa no nos atacó por maldad. Invadimos su territorio y nos acercamos a su cría más de lo debido; en ese sentido, nosotros tuvimos la culpa de lo que pasó ¨.
Al referirme a aquel terrible suceso, Nancy comenta: ¨ Todos nosotros les tenemos gran cariño a los animales y seguiremos teniéndoselo. Ni siquiera hoy sentimos ningún rencor contra la osa. Fue el instinto materno lo que la incitó a atacarnos; el mismo instinto que me dio un valor del cual jamás me hubiera creído capaz. La osa quiso proteger a su cría; yo protegí a las mías ¨.

POR JOHN Y FRANKIE O` REAR.

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