viernes, 23 de enero de 2015

MONTSERRAT, SANTUARIO DE CATALUÑA.

MONTSERRAT,
SANTUARIO DE CATALUÑA

Montserrat, ¨ un centro de potente espiritualidad ¨ -en palabras del papa Pío XII -, atrae a peregrinos y visitantes de todo el mundo

El viajero empieza a sentir la imponente majestad de Montserrat cuando distingue su silueta en la lejanía. Erguida sobre la planicie central catalana, esta montaña sagrada se ajusta a la descripción que de ella hizo el papa Pío XII: ¨ Un centro de potente espiritualidad ¨ . Por encima de sus acantilados cortados a pico, las numerosas cimas de Montserrat se dulcifican en una mirada de formas que parecen tubos de un órgano gigantesco o, quizá, todo un panorama de monjes encapuchados que se inclinan juntos para orar.
Estas creaciones de la naturaleza son el preludio de la abadía de Montserrat, conjunto de edificios cuadrangulares encaramados a 723 metros de altitud, sobre un saliente rocoso. Hecha de piedra extraída de las laderas, la abadía benedictina está unida a la montaña por el ambiente y por un milenio de trágica y ejemplar historia.
Por fortuna para los forasteros, la abadía no es un inaccesible nido de águilas; sus monjes han ofrecido a todos hospitalidad y asilo durante casi mil años. En 1972, 1.300.000 visitantes de todo el mundo subieron a Montserrat.
Naturalmente, pocos de ellos hicieron la ascensión a pie, como era el caso de los peregrinos en la Edad Media. Los de hoy llegan en coches y autocares por dos carreteras bien asfaltadas. O salvan los riscos y, en ocho minutos, se plantan en la puerta de la abadía mediante el funicular que cruza el río Llobregat, lo que constituye uno de los recorridos más emocionantes de Europa. Otro funicular lleva a la cima del pico más alto de Montserrat, San Jerónimo, de 1.235 metros, desde el cual se baja por un sendero serpenteante hasta la abadía. El primero de estos funiculares enlaza con los trenes de los Ferrocarriles Catalanes que van a Barcelona, situada a sesenta kilómetros al este.
En muchos días de verano, unos quince mil turistas pululan por la montaña. Y a la una de la tarde, la basílica rebosa de gente de todos los credos, mientras la Escolanía, el famoso coro de niños de Montserrat, llena las naves del templo de dulces y cristalinos sonidos. Nadie sabe los años que tiene la Escolanía, pero algunos documentos indican que los niños interpretaban ya los cantos litúrgicos del monasterio en el siglo XIII.
Los niños de diez a quince años que componen el coro cantan en alabanza a la Virgen Morena ( La Moreneta ) de la montaña. Se trata de una imagen en madera de la Madre de Dios, de rostro obscuro, ennegrecido por los siglos y el humo de las velas, que se venera en un bello marco de oro y plata en lo alto del altar mayor. Ante ese altar, en 1522, Ignacio de Loyola depuso su espada y prometió dedicar su vida a Dios.
La talla de madera, de 95 centímetros de altura, se venera desde hace setecientos años, y es un soberbio ejemplar del arte románico. La corona y las vestiduras son doradas, y en su regazo se sienta el Niño Jesús. Según la leyenda, la Virgen se apareció en la mañana, en medio de un resplandor de luz, a unos pastores. Hoy se puede bajar en funicular a la cueva donde se encontró la imagen cuando el resplandor se extinguió.
Tantos hechos milagrosos se atribuían a la Virgen durante los tiempos medievales que muchos devotos subían a Montserrat incluso de rodillas, para orar ante ella. La mayoría de los milagros consistían en curaciones de enfermos y ayudas a soldados en el campo de batalla. Pero, en cierta ocasión, subieron trabajosamente la montaña dos marinos catalanes con dos cocodrilos disecados para ofrecérselos a la Virgen. Ambos navegantes refirieron a los asombrados monjes que aquellos saurios les habían acometido cuando alcanzaron, supervivientes de un naufragio, una costa tropical; pero que la Virgen de Montserrat paralizó a los cocodrilos de modo que los marinos pudieron dominarlos y matarlos fácilmente. Un dibujo de principios del siglo XIX en uno de los claustros de la abadía, ya casi desaparecido, refleja este relato extraordinario; en él se ven claramente los restos de los cocodrilos colgados de las vigas.
A través de las conquistas españolas, el culto a la Virgen se propagó allende los mares. En los territorios italianos que estaban bajo el dominio de la Corona catalanoaragonesa, 150 iglesias y capillas fueron dedicadas a la Virgen de Montserrat a partir del siglo XIV. Los primeros templos de México, Chile y Perú se levantaron también en su honor, y se dió el nombre de Montserrat a ciudades y pueblos por toda Sudamérica, así como también a una isla de las Antillas.
Nuestra Señora de Montserrat es la patrona de Cataluña, e imágenes suyas figuran a la entrada de innumerables hogares de la región. Miles de muchachas catalanas se llaman Montserrat. Y hay un dicho catalán que reza: ¨ No és ben casat qui no duu la dona a Montserrat ¨ ( ¨ No está uno casado de verdad hasta que lleva a su esposa a Montserrat ¨ ). La abadía es escenario de una boda diaria, por lo menos. Las parejas que se casan en otros lugares a menudo van desde la iglesia, y en ropas nupciales, a Montserrat, para depositar flores a los pies de la imagen de la Virgen.
La abadía ha reunido una impresionante colección artística. Muchos amantes del arte suben hasta allí con el único propósito de ver los 64 cuadros de tema religioso o profano y de valor inapreciable que se exponen en la pinacoteca, junto a la entrada de la basílica. Los tesoros de este museo incluyen obras de Brueghel, Caravaggio y Zurbarán, así como un cáliz y unas vinajeras donadas en el siglo XVII por el emperador Fernando III de Austria, en agradecimiento a la Virgen de Montserrat por haber alcanzado una victoria sobre el rey Gustavo de Suecia. También se exhibe un poco del moho utilizado por el doctor Alexander Fleming en sus investigaciones, que llevaron al descubrimiento de la penicilina; le fue entregado personalmente al abad por el gran bacteriólogo británico. En el piso superior hay utensilios de bronce, tablillas cuneiformes y una momia egipcia completa, que forman parte de una colección de antigüedades del mundo del Antiguo Testamento: el Museo Bíblico de Montserrat.
Hasta para la mirada más profana, Montserrat es un paraje celestial. Desde su cima, la vista se extiende hasta el mar Mediterráneo; suaves senderos serpentean entre parajes abovedados por olmos y robles, que llevan a praderas propicias para comidas campestres y que se extienden por umbríos bosquecillos. Los botánicos han encontrado en Montserrat dos mil especies de flores silvestres. Los aficionados al ejercicio disfrutarán subiendo las sendas que se entrecruzan en los cinco kilómetros de anchura y diez de longitud de Montserrat, y los montañeros verán un reto constante en el picacho de San Jerónimo, pulido como un guijarro.
Mucho antes de la era cristiana, los hombres buscaron en Montserrat seguridad y aislamiento; en una ladera se han encontrado piezas de cerámica del hombre de la edad de piedra y de la de bronce, y dos esqueletos de iberos, miembros de una de las primitivas razas que poblaron la Península Ibérica.
Después de que Wifredo el Velloso, conde de Barcelona, arrebatara la montaña a los moros, a fines del siglo IX, y cristianizara la región, se levantaron pequeñas ermitas en los altivos riscos de Montserrat, como altares de oración perenne. Alrededor de 1025, el abad de Ripoll, Oliba, biznieto de Wifredo, fundó un monasterio en la montaña, donde los discípulos de San Benito pudieran, en pleno aislamiento, poner en práctica las enseñanzas del maestro; ora et labora. En 1409, el monasterio alcanzó la dignidad de abadía.
Con la entrada de las tropas napoleónicas en España, Montserrat vivió un oscuro periodo. Las autoridades militares de Barcelona fortificaron la abadía y algunas ermitas, y, en tres incursiones sucesivas, los invasores dieron muerte a cuatro monjes y dos ermitaños que no pudieron escapar a tiempo. Las ermitas fueron demolidas y la basílica, con dimensiones de catedral y erigida en 1605, saqueada e incendiada. En la noche del 31 de julio de 1811, la soldadesca las carbonizadas ruinas. Cuando los monjes supervivientes salieron de sus escondrijos vieron, desolados por el horror, que la abadía no era sino un montón de cenizas.
A las pocas horas, los monjes se esforzaban ya en colocar las piedras ennegrecidas en su lugar, para hacer una capilla a la venerada Virgen. Su único consuelo era que los franceses no habían descubierto el lugar donde ésta estuvo escondida; en una de las doce ermitas de la montaña.
Pero no habían terminado las calamidades. En las tres décadas siguientes, la guerra civil y la revolución se desataron en toda España. Los monjes de Montserrat sufrieron prisión y malos tratos; varios de ellos perecieron asesinados. Parte del monasterio quedó dañado. La Virgen fue despojada de sus joyas. En 1835, el gobierno se incautó definitivamente de todos los bienes de la Iglesia y de las propiedades monásticas, con el propósito de mejorar la economía del país. Debido a ello, el monasterio se clausuró, los monjes se dispersaron y los escolares volvieron con sus padres. La Virgen quedó escondida en el granero de un labrador de confianza, en Marganell.
El largo período de reconstrucción dio comienzo en 1844, cuando el monasterio volvió a abrir sus puertas como santuario, a petición de la reina regente María Cristina. De nuevo, durante la guerra civil española (1936-39), bandas revolucionarias saquearon por la montaña, pero el monasterio fue respetado. La abadía registra los nombres de veintitrés de su monjes asesinados durante la guerra, en la que muchos otros fueron encarcelados.
Actualmente, la abadía es el centro de un pequeño ¨ pueblo ¨ bullicioso, que cuenta con una oficina de correos, un confitería, dos espaciosas cafeterías, un restaurante de tres tenedores y dos hoteles excelentes. Una tienda de recuerdos vende, entre otras cosas, tarjetas postales y objetos de cerámica que se hacen en el monasterio.
El abad, don Joan Cassia Just, vela por una comunidad de unos ochenta monjes, cien obreros residentes y hasta 450 empleados de jornada completa que vienen de los pueblos cercanos. El monasterio recibe una continua afluencia de peregrinos catalanes que van en romería a la Virgen. La abadía proporciona al que desee pasar unos días, o incluso semanas, en la montaña aposentos austeros, pero inmaculados, tanto individuales como familiares, a un precio inferior al de los hoteles corrientes. Existe también la posibilidad, para quienes buscan retiro, de pasar unos días con los monjes en el monasterio, a un precio muy reducido, dedicados a estudiar y meditar.
Con una biblioteca de doscientos mil volúmenes, los monjes prosiguen la antigua tradición de preservar la cultura, en especial la cultura catalana. Y han dado un gran paso al hacer de la abadía una de las principales editoriales catalanas.
La más famosa de sus publicaciones, la Biblia de Montserrat, imponente obra de los eruditos de la abadía, de la cual han aparecido veintiséis volúmenes desde 1926, es la única Biblia en catalán con comentarios. A principios del pasado año se vendieron, con dos meses de anticipación, los 82.000 ejemplares de la edición de bolsillo del Nuevo Testamento en Catalán, de 464 páginas.
Serra d´Or, la primera revista importante en lengua catalana publicada después de la guerra civil, es una publicación de Montserrat que tiene ya quince años de existencia; se ocupa de cuestiones culturales de interés general y su tirada mensual es de dieciocho mil ejemplares. La abadía publica cinco revistas. Para una de ellas, destinada a los niños, adquirió los derechos para verter al catalán las populares historietas de ¨ La Pantera Rosa ¨ y ¨ Astérix ¨, que otros importantes editores descartaron por considerarlas poco lucrativas en un mercado en que domina el castellano. ¨ Estamos dispuestos a sufrir pérdidas si esto permite que los niños tengan un mayor contacto con su lengua nativa ¨, dice el director de publicaciones, padre Massot es un típico ejemplo del monje moderno de Montserrat. Atiende devota-mente todos los servicios religiosos de la basílica, pero en muchas ocasiones cambia su hábito por un traje de paisano para hacer alguna escapada a Barcelona y hablar de negocios. Me quedé sorprendido cuando, una mañana, vi a dos monjes jóvenes que, con pantalón vaquero y camisa deportiva, se dirigían al funicular para bajar. Iban a una casa de campo, a tres kilómetros de distancia, que es propiedad de la abadía. Durante todo el verano, los monjes pasan unas horas de descanso a la semana en esa casa, donde hay piscina.
Esa misma atmósfera de sencillez respiran los niños del coro. Paseando por el pabellón de la Escolanía, situado tras la basílica, me encontré con esos muchachos, de apariencia piadosa ante el altar, que jugaban al baloncesto en sus canchas al aire libre o devoraban tebeos con el mismo entusiasmo que ponían en la interpretación de las cantatas de Bach.
La Escolanía es en la actualidad una prestigiosa escuela conservatorio. Durante siglos fue casi un seminario menor. Muchos de sus graduados ingresaban en el monasterio. Otros eran solicitados por iglesias de toda España como maestro de coro y organistas. Pero el tiempo las distracciones de la vida moderna han originado cambios profundos. Aun cuando el abad Cassia Just es un antiguo escolán, uno de los últimos estudiantes que se hizo monje fue el padre Bernabé Dalmau, de la promoción de 1953. Pocos de los graduados de hoy se especializan después en la música, aun cuando entre los alumnos recientes haya compositores y organistas de catedral. ¨ Ante todo, un escolán aprende a amar la música para toda la vida ¨, dice el padre Bernabé, que posee una de las voces más hermosas del coro de hombres.
No puede ser escolán cualquier niño. Cada año son presentados por sus padres docenas de aspirantes, y los diez o doce finalistas son seleccionados para empezar el curso en otoño. Se precisa un año de estudio antes de poder cantar en el coro, y también se ha de estudiar piano y algún otro instrumento ( el cincuenta por ciento escoge el violín ). La clase de canto diaria dura una hora, y hay quince minutos de ejercicios vocales. Nada tiene, pues, de extraño que la Escolanía haya podido grabar casi noventa discos de música religiosa, que merecieron la aclamación de los críticos del mundo entero.
Antes de la diaria actuación pública de la Escolanía en la basílica, un monje se adelanta a un atril de lector y habla sucesivamente en inglés, alemán, francés, castellano y catalán. ¨Ahora¨, dice, ¨antes de que el coro de niños cante la Salve a la Virgen, que cada cual rece en su propia lengua a Nuestro Padre Celestial ¨.
Cae la tarde, y la mayoría de los turistas se han ido. Ahora vienen a la basílica los fieles catalanes, y los monjes cantan el Virolai;
Rosa d´abril, Morena de la serra,
de Montserrat estel,
illumineu la catalana terra,
guieu-nos cap al cel.

( Rosa de abril, Morena de la
Montaña / Estrella de Montserrat /
esparce la luz sobre la tierra catalana/
y guíanos al cielo.)

POR RAÚL VÁZQUEZ DE PARGA.

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