sábado, 24 de enero de 2015

CUANDO ELLAS NOS DEJAN,


Una mujer habla... a las mujeres


¨ Ellas ¨ son nuestras hijas, y sé perfectamente que, cuando dejan sus hogares, abandonan también un poco nuestros corazones. Naturalmente, volverán a nosotras, más cerca que antes... entonces serán ya mujeres, se mostrarán más comprensivas. Pero, antes de que lleguemos a ese punto de retorno, tenemos que pasar algunos momentos terribles.
No creo exagerar si os digo que, desde la edad de once o doce años, nuestras hijas han poseído los principios del encanto, que se va haciendo más pronunciado, más seguro, cada año que pasa. Y con cada amor que pasa. Porque siempre hubo, en algún lugar, un ¨ pequeño príncipe ¨ cuya mirada se posó en nuestra niña, y ella la recibió, entonces, al igual que después, maravillada, justo en el corazón. Ella no sabía nada, pero esa pequeña que, en casa, nos exasperaba con sus manos sucias, su cabello suelto y su nariz tiznada, se daba cuenta, sin embargo, de que mejor sería estar lo más limpia y bella posible cuando se presentara ante el pequeño príncipe. Y sabía que lo más importante de todo era intentar adivinar lo que sucedía en el corazón de su elegido. Nosotros cerrábamos los ojos a todo eso; nos convenía, y, además, ¿ qué años tenía ella, después de todo ?
Sí, pero creció. De pronto, tuvo quince años; luego, diecisiete, con un cuerpo de mujer y una gracia ligera que era privilegio de su edad. Resultaba casi tranquilizador; había tenido muchos amoríos, demasiados...
Seguimos sonriendo; fue nuestro marido el que empezó a fruncir el ceño. Aquello no le gustaba nada en absoluto. Pero, escucha, nuestra hija ya es mayor. No tenemos nada que temer.
Y entonces, un día... Pero allí estaba... Un día confesó. Ella le ama. El la ama. Nos sentimos ahogadas por la pena. Nunca habíamos conocido esa terrible congoja. No comprendíamos. De pronto, un abismo nos separaba de nuestra hija. ¿ Ella le quiere, a ese hombre ? Nosotras no le veíamos nada de particular. ¿ Nuestro marido ? Estaba celoso, y con eso ya le bastaba. Pero nuestro dolor, el dolor de la mujer, era diferente. Para un joven, ya somos_ y parece como si no nos entrara en la cabeza_una suegra, la persona que les impide divertirse. ¿ Qué podemos hacer ? ! Ay ! La noche no logró traernos la inspiración. Por la mañana, allí estaban ¨ ellos ¨, radiantes, límpidos, casi insolentes con la fuerza de su amor. Comprendimos que se enfrentarían a nosotros sí decíamos no, y que nuestra hija nos volvería sencillamente la espalda, nos hundiría en la desesperación.
Las noches parecían largas, opresivas; los días eran tristes. Habíamos perdido nuestra sombra... se había ido de verdad. Dimos unos cuantos pasos hacia ella, pasos inteligentes, según creíamos, y ella nos correspondió. Un pequeño signo aquí y allá. Pero el abismo seguía. Súbitamente, parecía estar absorbida por una vida cuya existencia misma no habíamos sospechado nunca. ¿ Nuestro yerno ? Un extraño al que no teníamos prisa por llegar a conocer mejor. Él nos la había robado. Cierto, él hubiera venido gustosamente a nosotros, pero encontrábamos una ciertisfacción en revolcarnos en nuestra amargura.
Pero un día, nuestra hija tuvo su primer hijo. Naturalmente, nuestro yerno también. Y entonces los tres niños vinieron a nosotros; ella, él y el otro, el recién nacido, el muy amado, el más bello de los tres. ¿ Nuestra hija ? Había perdido su mirada desafiante. Su rostro se había hecho dulce; su expresión, serena; su actitud, conciliadora.
No tenemos más hijos. Ella nos da los suyos. Nuestro marido va envejeciendo, pero nuestro yerno está ahí, cariñoso, atento y, haciéndonos el más maravilloso de los regalos, nos devuelve nuestra hija, feliz y más cercana a nosotros que nunca.
Vamos a acercarnos confiadamente a la otra ladera de nuestra vida quiero decir nuestros años de declive_, porque de ahora en adelante somos dos; ella y nosotros. Y su presencia evitará que bajemos demasiado de prisa por esa inevitable cuesta hacia la vejez.
Y entonces empezaremos a educar a los pequeños, nuestros pequeños, entre ellos la niña que creíamos haber perdido un día ¿ Recuerdan ?

POR MARIE-CLAUDE SANDRIN

La fe es el alma que está fondeada.
J. B.

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