viernes, 23 de enero de 2015

CAGLIOSTRO, MÁGICO EMBAUCADOR



Durante siete deslumbrantes años, este príncipe de los charlatanes ejerció gran influencia en Europa... y algunos de sus ¨ milagros ¨ continúan siendo inexplicables

CAGLIOSTRO

Mágico embaucador

Para sus millones de admiradores no había nada que el gran maestro no pudiera hacer; transformar plomo en oro, duplicar el tamaño de un diamante. Juraban que sus misteriosos elixires habían curado milagrosamente a enfermos desahuciados, que conocía el pasado y podía predecir el futuro.
No eran sólo las masa ignorantes las que creían en este enigmático personaje que se hacía llamar conde de Cagliostro y que deslumbró a Europa durante siete años. También fascinó a los grandes de su tiempo; reyes, príncipes, cardenales, obispos, hombres de ciencia y filósofos.
¿ Quién era tan fantástico personaje ? El confesaba sin ambages que no se llamaba Cagliostro, pero no le daba importancia y declaraba: ¨ He tenido muchos nombres. ¿ Qué es un nombre ? ¨ A veces pretendía haber nacido antes del Diluvio, haber conocido a Moisés y a Salomón, haber sido discípulo de Sócrates y charlado con emperadores romanos. Recordaba el excelente vino que había tomado en unas bodas celebradas en cierto pueblo de Galilea llamado Cana. Cuando todo el mundo fechaba sus cartas en 1785, él escribía en las suyas el año 5555.
Resulta difícil decidir qué es más increíble; que tanta gente aceptara semejantes patrañas, o que aquel charlatán fuera capaz de sacar tanto de la nada. La verdad es que se llamaba Giuseppe Bálsamo y había nacido en 1743, en el seno de una familia muy pobre de Palermo ( Sicilia ). Odiaba el colegio de frailes donde estudió muy poco tiempo, aunque le gustaba experimentar en el primitivo laboratorio de química de aquél, donde aprendió algunos trucos que le fueron después muy útiles. Robó el cepillo de los pobres de la iglesia y los ahorros de su tío, y huyó de la ciudad para vagabundear algunos años por los países ribereños del Mediterráneo, incluido Egipto; allí conoció algo de árabe, que le resultaba muy valioso para engañar a la gente.
En 1768 fue a Roma y vivió gracias a su ingenio. Preparaba y vendía cosméticos y supuestos afrodisíacos; copiaba cuadros ( incluso de Rembrandt ); falsificó escrituras, billetes de banco y hasta testamentos, que los tribunales juzgaron auténticos en varios casos. También se casó con Lorenza Feliciani, bella joven de quince años, de origen humilde, a la que utilizaba como anzuelo para atraer incautos ricos, fingiendo no enterarse de que le engañaban con ella. La increíble pareja, tras muchos tropiezos con la ley, tuvo que huir de Roma y vagó casi diez años por Europa y el norte de África, viviendo de las mismas argucias.
Todo cambió para ellos en Londres, el año 1777. Tras haber amasado la considerable fortuna de tres mil libras esterlinas, comenzaron a vivir lujosamente bajo nombres falsos. En vez de Giuseppe y Lorenza Bálsamo, se convirtieron en el afable conde Alessandro di Cagliostro y su bella esposa, la condesa Serafina, a la que, según él, había robado de un harén oriental.
Al mismo tiempo, Cagliostro ingresó en una logia masónica de Londres, y pronto persuadió a sus hermanos para que lo eligieran gran maestro ( único título auténtico que tuvo en toda su vida ). La masonería se difundía por todo el continente, atrayendo con frecuencia a los hombres más ricos y nobles de cada nación. Así, cuando Cagliostro empezó a viajar de nuevo por Europa, en esta ocasión como gran maestro de una logia londinense, se le abrieron muchas puertas.
Viajaba en elegantes carruajes, servido por criados vestidos con suntuosas libreas, mientras él y la ¨condesa ¨ resplandecían con los trajes y las joyas más costosos. ¿ De dónde procedía aquella fortuna ? Para sus admiradores, la respuesta era sencilla; él podía transformar el metal común en tanto oro como quisiera... e incluso fabricar diamantes en caso necesario.
Un contable hubiera encontrado otras respuestas. Una rica fuente de ingresos era cierto ¨ rito egipcio ¨ de la masonería inventado por él, del cual se nombró jefe, con el título de ¨ Gran Copto ¨ y con derecho a cobrar elevadas sumas en concepto de cuotas y derechos de afiliación. Hasta entonces, la masonería estaba reservada a los hombres, pero él, con magistral inspiración, creó una rama femenina de su logia, bajo la dirección de su mujer, a la que concedió el título de ¨Reina de Saba ¨. Las damas más ricas y nobles de París se disputaban el honor de ingresar en aquella logia.
El costo de afiliación al rito especial subió aún más al crecer la reputación del ¨ Gran Copto ¨ . Se llegó a pagar trescientos luises por ingresar en él, y, si es cierto que en su momento culminante había decenas de miles de afiliados en toda Europa, esto suponía muchos luises de oro para su fundador. Lo que atraía a sus seguidores era la promesa de Cagliostro de compartir muchos de sus secretos con los hermanos dispuestos a pagar la cuota.
Más, a pesar de las promesas, en la mayoría de los secretos intervenían elixires misteriosos que, por extraña coincidencia, sólo el ¨ Gran Copto ¨podía fabricar y proporcionar... a precios muy altos. Sólo Cagliostro sabía qué contenían en realidad. Sin embargo, las raras fórmulas suyas que han llegado hasta nosotros muestran que utilizaba las mismas hierbas medicinales empleadas en su tiempo por todos los médicos, aunque él las presentaba de modo misterioso . Por ejemplo; envolvía las píldoras destinadas a los ricos en pan de oro, con lo que intensificaba el efecto psicológico, y, por supuesto, aumentaba el precio. No cabe duda de que pocos hombres han tenido una personalidad más poderosa que la suya. Su mirada era irresistible, e incluso uno de sus enemigos confesó: ¨Traté de obligarle a que bajara la vista, pero no pude; fui yo el que tuvo que desviar la mirada ¨ .
Su mujer le ayudaba lealmente, en especial con las señoras. Aunque tenía en realidad unos treinta años, confiaba a princesas y duquesas, pendientes de cada una de sus palabras, que su verdadera edad era de sesenta años o más, y que sólo gracias a las cinco gotas de elixir mágico elaborado por su marido conservaba su aspecto juvenil. Sus oyentes pedían a gritos aquella pócima, a cualquier precio.
El éxito de Cagliostro en Europa fue increíble. En el ducado báltico independiente de Curlandia, gran parte de los nobles llegaron a proponer elevarse al trono, honor que el conde rechazó prudentemente. Tuvo menos éxito con la Zarina de Todas las Rusias, Catalina II, a quien sólo logró divertir, aunque muchos de sus cortesanos le tomaron en serio. Un ministro del imperio rogó al maestro que ayudara a su hermano, que estaba loco, y al que había que mantener atado. Al ordenar Cagliostro que lo desataran, el loco se abalanzó contra él rugiendo y amenazando matarlo. El maestro, sereno, lo derribó de un golpe, hizo que lo arrojaran a un río helado y que lo sacaran en seguida a rastras. El hombre se calmó, pidió disculpas a todo el mundo, y dicen que desde entonces permaneció en su sano juicio.
El maestro se trasladó después a Estrasburgo, donde su llegada, en 1780, constituyó un acontecimiento público; allí, por espacio de un año aproximadamente, realizó algunas de sus curaciones más famosas. En dicha ciudad también tuvo lugar su encuentro con el príncipe-cardenal Louis de Rohan, arzobispo de la ciudad. Rohan, uno de los nobles más ricos de Francia, tenía fama de ser quizá el individuo más arrogante de la nobleza más altiva del mundo. Enterado de la llegada de Cagliostro, el príncipe-cardenal envió un sirviente a llamarlo. El maestro, que conocía profundamente la naturaleza humana, respondió: ¨ Si el príncipe está enfermo, que venga a verme y lo curaré. Si está sano, no me necesita, ni yo lo necesito a él ¨.
Nadie había hablado nunca en esos términos al poderoso cardenal. Este enmudeció primero ante la osadía de tal respuesta y, tras reflexionar unos minutos, la calificó de ¨ sublime ¨ . Para asombro de Europa, se humilló, pretextó una leve dolencia con el fin de salvar las apariencias y rogó al maestro que lo ayudara. El príncipe-cardenal quedó totalmente fascinado por Cagliostro. Un día le pidió que salvase la vida de su primo, el príncipe de Soubise, de más de sesenta años de edad, que padecía escarlatina, dolencia casi inofensiva como enfermedad infantil, pero a menudo mortal cuando atacaba a los adultos. Los mejores médicos de París habían confesado su incapacidad para curarlo.
Cagliostro entró en la habitación del enfermo y lo examinó en silencio. Luego sacó del bolsillo un frasco lleno de un líquido y dio instrucciones muy precisas; diez gotas aquel día, cinco al siguiente y dos al tercero. ¨ Al tercer día ¨, aseguró el maestro al viejo príncipe, ¨ podréis abandonar el lecho un rato; al quinto, daréis un paseo en coche; a los veinte estaréis completamente curado y cumpliendo de nuevo vuestras obligaciones en la corte ¨ .
Para asombro de todos, la audaz predicción se cumplió casi al pie de la letra. Desde entonces, todo el mundo, desde el príncipe al más humilde ciudadano, llevaba la efigie del conde en cajitas de rapé, abanicos hebillas de zapato, chalinas, sortijas y otros objetos.
Cuando la fama de Cagliostro había llegado a su cenit, sobrevino el desastre, a causa precisamente de la amistad con Rohan, que le había ayudado a encumbrarse tanto. El príncipe-cardenal se vio implicado en una turbia intriga conocida como el caso del collar de brillantes. Rohan había perdido el favor de la reina María
Antonieta y alguien le hizo creer que podría reconquistarlo si conseguía un collar de brillantes que deseaba la soberana. El collar, sin embargo, desapareció. Es escándalo llegó hasta el trono y empañó el honor de la Reina. El Rey, furioso, ordenó que encerraran a Rohan en la Bastilla, así como a sus protegidos, los Cagliostro, como sospechosos de complicidad en el caso.
Por increíble que parezca, en aquella ocasión Cagliostro era inocente. En un juicio público quedó absuelto de toda culpa, y miles de admiradores le acompañaron triunfalmente a su casa. Más a la mañana siguiente, llegaron órdenes irrevocables del airado monarca; los Cagilostro debían salir de Francia para siempre. Pero mientras volvían a vagar por Europa, Cagliostro se enteró poco a poco de lo peor; durante los nueve meses de encierro en la Bastilla, su esposa había revelado gran parte de su verdadero pasado en los interrogatorios. Entonces empezaron a divulgarse ciertos detalles del sumario. Se había roto el encanto. La vida se volvió desagradable y sórdida. Se iba quedando sin dinero, cosa embarazosa para un hombre que pretendía poseer el poder de elaborar todo el oro que necesitara.
Para colmo de males, la ¨ condesa Serafina ¨ le asestó el golpe final. Nunca había amado a su marido, pero mientras la vida era lujosa y llena de emoción, permaneció a su lado. Ahora estaba harta de él, asqueada de aquella humillante existencia y, sobre todo, sentía nostalgia. No cesaba de importunarle para que regresara a Roma.
Al fin, él accedió; fue la decisión más imprudente de su vida, pues todo católico que como él ingresaba en la masonería no sólo incurría en excomunión por hereje, sino también en la pena de muerte. En los países que habían recorrido hasta entonces se pasaba por alto tan severo decreto. Pero la situación resultaba muy diferente en los Estados Pontificios, de los que Roma era capital. Sin embargo, Cagliostro trató de recobrar su fortuna organizando una nueva logia masónica de ¨ rito egipcio ¨ en una reunión pública.
La policía pontificia intervino casi al instante. Su mujer le abandonó de nuevo, le denunció como hereje y confesó aún más secretos de los que había revelado a la policía francesa. Con esto esperaba salvarse, pero fue en vano; la encerraron en un convento para el resto de sus días. La maquinaria de la Inquisición estuvo en movimiento durante más de quince meses. El 7 de abril de 1791 se leyó públicamente la sentencia impuesta a Cagliostro; pena de muerte como hereje, aunque por gracia del Papa, se le conmutaba por cadena perpetua.
Quizá ningún otro preso de la Iglesia, ni antes ni después, estuvo tan rigurosamente vigilado. Sus carceleros creían que podía escaparse por medios mágicos, haciéndose invisible o transformándose en pájaro. Al fin, en el más horrible calabozo de la fortaleza-prisión más inexpugnable de Italia, la de San León, murió el 26 de agosto de 1795. Tenía sólo 52 años de edad.
Por ironía del destino, este príncipe de los charlatanes que pretendía ser inmortal ha alcanzado una cierta inmortalidad, y todavía continúa la polémica sobre sus pretendidos poderes. Muchos de sus milagros son hoy fáciles trucos para cualquier prestidigitador de tercera categoría. Sin embargo, la comisión de médicos y científicos eminentes que el gobierno francés nombró en 1784 para juzgar las supuestas curaciones logradas por Cagliostro y otros curanderos, informó que las curaciones de éste eran auténticas, y reconoció no haber podido explicarlas científicamente.
Sin duda, el estafador llamado Giuseppe Balsamo engañó a muchas personas. Pero se puede considerar al conde Cagliostro un precursor inconsciente del uso de los poderes curativos de la fe y la confianza. En realidad, si algún día se encuentra su tumba, podría llevar la siguiente inscripción: ¨ Aquí yace el embaucador por excelencia ¨ .

POR GORDON GASKILL.

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