miércoles, 3 de diciembre de 2014

ENSAYE EL MÉTODO DE LA CORTEZA DE NARANJAEs un remedio s La salud mental, como la caspa, se presentan cuando uno menos lo espera, Recuerdo, por ejemplo, aquel día en que fuí al mercado con un pañuelo a la cabeza para ocultar los rizadores, tratando de pasar inadvertida. Jamás salgo de mi casa con el cabello sin arreglar, pero de un momento a otro iban a llegar invitados y mi despensa sólo contenía un trarro de jalea de fruta y dos latas de alimento para perros. Además no era probable que me encontrara gente conocida. O, al menos, ninguna conocida pulcra. Pero lo primero que vi fue a Helen, de pie ante el anaquel del yogur descremado, impecable con un conjunto de pantalón y chaqueta, en hilo color coral. Frené mi carrito de golpe y di media vuelta... para darme de manos a boca con Liz, mi vecina, exquisitamente esbelta en un entallado vestido color turquesa: ¨! Hola ! ¨, me dijo. Respondí con un ¨hola ¨casi moribundo, mientras procuraba cubrir los rulos con el pañuelo. ¨No suelo venir de compras con esta facha ¨. Y luego pensé que tenía que haber alguien más en el establecimiento tan desarreglada como yo. Y entonces descubrí a mi querida amiga Sally, que vestía una descolorida camiseta dorada, pantalones manchados de pintura y unas gastadas playeras de lona floreada. ¨Estás preciosa ¨, le dije. ¨Dime una cosa: ¿ por qué tengo que encontrarme a todo el mundo cuando vengo con este aspecto? ¨ ¨Lo que te hace falta es una corteza de naranja en tu vida ¨, replicó. ¨¿ Una qué...?¨, le pregunté sin comprender nada. ¨Corteza de naranja. Déjame que te explique. El verano pasado, decidió visitarme mi mejor pretendiente de la época del colegio. Sin previo aviso, se presentó un día. Acudí a abrir la puerta, y allí estaba él... con su mujer, una rubia despampanante. ¨Llegaron precisamente cuando el perro acababa de vomitar en la alfombra del salón, así que, desesperada, los pasé al cuarto de estar, sin acordarme de que, como la secadora no funcionaba, había ropa interior húmeda en todas las sillas. En la cocina, los platos seguían sin fregar. Y mientras trataba de excusarme y preparar un poco de café, vi algo que parecía simbolizar no sólo mis virtudes caseras, sino mi propia existencia en ese momento: una larga y rizada tira de corteza de naranja que yacía en mitad de la habitación, marchita y polvorienta como si llevara allí varias semanas. ¨El la vio, y ella también, y ambos me observaron mientras trataba de echarla a un lado, empujándola disimuladamente con el pie. Luego se me pegó en uno de los zapatos, y tuve que despegármela como si fuera una tira de esparadrapo. No tengo ni idea de lo que hablamos. Todo lo que recuerdo es esa horrible corteza de naranja en el centro de la habitación ¨. ¨¿ Qué dijo tu marido cuando se lo contaste ?¨, pregunté yo. ¨ Se rió, y luego comentó: ¨Imagínate qué felices los has hecho. Él está encantado de no haberse casado contigo, y ella cree que el viejo amor de su marido no constituye ninguna amenaza. No pienses en tu vanidad herida; piensa en lo que has hecho en pro de su felicidad conyugal ¨. ¨Mi vanidad todavía se resentía, pero la idea no dejaba de tener sus atractivos. Y ha llegado a convertirse en una tradición familiar. Cuando alguno de nosotros se halla en circunstancias desfavorables, le decimos: ¨Recuerda la corteza de naranja ¨, y las cosas recobran su verdadera importancia¨, Por cierto que no tardó en presentárseme la ocasión de poner a prueba la teoría de Sally. Aquella misma noche, cuando llevé a la mesa las hamburguesas que había preparado para mis invitados, empecé automáticamente a presentar disculpas: ¨Generalmente, no suelo hacer esto, sino un buen solomillo con champiñones...¨De pronto, me pareció ver aquella tira de corteza de naranja danzando ante mis ojos como si fuera un adorno del árbol de Navidad. Sabia que, si no me contenía, seguiría disculpándome toda la noche. Por ello, armándome de decisión, volví a empezar:. ¨Y ahora, háblennos de su viaje ¨. Cuando nuestros invitados se marcharon, comentaron que la velada había sido ¨un gran descanso ¨. Y fue entonces cuando me convertí al método de la corteza de naranja. La lucha por guardar las apariencias, por conservar la máscara_o como prefieran llamar a ese perfeccionismo insidioso_, nos roba las energías y no nos hace más inteligentes a los ojos de aquellas p

La salud mental, como la caspa, se presentan cuando uno menos lo espera, Recuerdo, por ejemplo, aquel día en que fui al mercado con un pañuelo a la cabeza para ocultar los rizadores, tratando de pasar inadvertida. Jamás salgo de mi casa con el cabello sin arreglar, pero de un momento a otro iban a llegar invitados y mi despensa sólo contenía un tarro de jalea de fruta y dos latas de alimento para perros.
Además no era probable que me encontrara gente conocida. O, al menos, ninguna conocida pulcra. Pero lo primero que vi fue a Helen, de pie ante el anaquel del yogur descremado, impecable con un conjunto de pantalón y chaqueta, en hilo color coral. Frené mi carrito de golpe y di media vuelta... para darme de manos a boca con Liz, mi vecina, exquisitamente esbelta en un entallado vestido color turquesa: ¨! Hola ! ¨, me dijo. Respondí con un ¨hola ¨casi moribundo, mientras procuraba cubrir los rulos con el pañuelo. ¨No suelo venir de compras con esta facha ¨.
Y luego pensé que tenía que haber alguien más en el establecimiento tan desarreglada como yo. Y entonces descubrí a mi querida amiga Sally, que vestía una descolorida camiseta dorada, pantalones manchados de pintura y unas gastadas playeras de lona floreada.
¨Estás preciosa ¨, le dije. ¨Dime una cosa: ¿ por qué tengo que encontrarme a todo el mundo cuando vengo con este aspecto? ¨
¨Lo que te hace falta es una corteza de naranja en tu vida ¨, replicó. ¨¿ Una qué...?¨, le pregunté sin comprender nada.
¨Corteza de naranja. Déjame que te explique. El verano pasado, decidió visitarme mi mejor pretendiente de la época del colegio. Sin previo aviso, se presentó un día. Acudí a abrir la puerta, y allí estaba él... con su mujer, una rubia despampanante.
¨Llegaron precisamente cuando el perro acababa de vomitar en la alfombra del salón, así que, desesperada, los pasé al cuarto de estar, sin acordarme de que, como la secadora no funcionaba, había ropa interior húmeda en todas las sillas. En la cocina, los platos seguían sin fregar. Y mientras trataba de excusarme y preparar un poco de café, vi algo que parecía simbolizar no sólo mis virtudes caseras, sino mi propia existencia en ese momento: una larga y rizada tira de corteza de naranja que yacía en mitad de la habitación, marchita y polvorienta como si llevara allí varias semanas.
¨El la vio, y ella también, y ambos me observaron mientras trataba de echarla a un lado, empujándola disimuladamente con el pie. Luego se me pegó en uno de los zapatos, y tuve que despegármela como si fuera una tira de esparadrapo. No tengo ni idea de lo que hablamos. Todo lo que recuerdo es esa horrible corteza de naranja en el centro de la habitación ¨.
¨¿ Qué dijo tu marido cuando se lo contaste ?¨, pregunté yo.
¨ Se rió, y luego comentó: ¨Imagínate qué felices los has hecho. Él está encantado de no haberse casado contigo, y ella cree que el viejo amor de su marido no constituye ninguna amenaza. No pienses en tu vanidad herida; piensa en lo que has hecho en pro de su felicidad conyugal ¨.
¨Mi vanidad todavía se resentía, pero la idea no dejaba de tener sus atractivos. Y ha llegado a convertirse en una tradición familiar. Cuando alguno de nosotros se halla en circunstancias desfavorables, le decimos: ¨Recuerda la corteza de naranja ¨, y las cosas recobran su verdadera importancia¨,
Por cierto que no tardó en presentárseme la ocasión de poner a prueba la teoría de Sally. Aquella misma noche, cuando llevé a la mesa las hamburguesas que había preparado para mis invitados, empecé automáticamente a presentar disculpas: ¨Generalmente, no suelo hacer esto, sino un buen solomillo con champiñones...¨De pronto, me pareció ver aquella tira de corteza de naranja danzando ante mis ojos como si fuera un adorno del árbol de Navidad. Sabia que, si no me contenía, seguiría disculpándome toda la noche. Por ello, armándome de decisión, volví a empezar:. ¨Y ahora, háblennos de su viaje ¨. Cuando nuestros invitados se marcharon, comentaron que la velada había sido ¨un gran descanso ¨.
Y fue entonces cuando me convertí al método de la corteza de naranja. La lucha por guardar las apariencias, por conservar la máscara_o como prefieran llamar a ese perfeccionismo insidioso_, nos roba las energías y no nos hace más inteligentes a los ojos de aquellas personas a las que tratamos de impresionar. Ya lo dijo William James: ¨Despojarnos de nuestras pretensiones es casi tan agradable como satisfacerlas¨.
De modo que, cuando alguien las coja con una corteza de naranja en albornoz a las once de la mañana, por ejemplo_, no se atosiguen. Piensen que están haciendo feliz a su amado prójimo. En ocasiones, la mejor manera de iluminar nuestro rincón es dejarlo sin barrer.

ROBIN WORTHINGTON




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