viernes, 5 de diciembre de 2014

EN EL CINE



¿ Dónde han quedado aquellas salas de cine enormes, con su acomodador, grandes butacas y la prohibición expresa de no poder comer ni beber en su interior, en beneficio de quienes van al cine a disfrutar del largometraje ? Lo cierto es que cada vez es menor el número de este tipo de salas y, las que existen, en casi todos los países, se frecuentan cada vez menos.
Los lugares públicos son buenos escenarios para poner a prueba la buena o mala educación de las personas, ya que evidencian rasgos de la personalidad de cada uno, bien porque actuamos de forma natural, bien porque no estamos dispuestos a cumplir con las restricciones que imperan en cada una de ellas. El caso del cine es ciertamente revelador.

La decadencia del séptimo arte no se debe a la falta de protagonistas del estrellato de Hollywood o de otro mercados, ni a la muerte de los guionistas, ni a nada parecido. En la decadencia del cine como espectáculo han influido distintos factores que han partido del propio espectador. De un lado, la tecnología, el vídeo y la comodidad del mando a distancia han provocado que los que no aman el cine profundamente prefieran la calma del hogar a tener que luchar con la cola interminable de espectadores a las puertas de una sala de cine. Por otro, el poco respeto a las buenas formas que deben guardarse en un cine le quitan las ganas a cualquier cinéfilo de moverse del sofá de su casa.

Sabrá que nos referimos a los hábitos tan poco recomendables de comer e inundar el suelo de la sala de palomitas, de las latas de Coca-Cola, de los chocolates, o más bien del ruido que se emite cuando dentro de una sala de cine uno se dedica a llenar el estómago. Lo cierto es que lo no recomendable ya no es tanto el hecho de comer dentro del cine cuando la película ya ha comenzado a proyectarse, sino las molestias que podemos causar a quienes, en su justo derecho, reclaman silencio absoluto para poder concentrarse en la película.

Si los multicines proliferan y sus propietarios y responsables del negocio abren tiendas con todos estos artículos a la venta, se supone que no debe estar prohibido comprarlas y pasarlas a la sala. Y en este sentido hay diversidad de opiniones sobre qué es lo que debería estar permitido. Sin embargo, si con nuestros ruidos guturales o dentales estamos molestando al que ocupa la butaca contigua, el hecho de que comer o beber esté permitido dentro no valdrá como justificación.

La pregunta o reflexión que debe hacerse si va al cine es qué puede molestar al resto. El respeto debe manifestarse desde el preciso instante en que llega a los aledaños del lugar. Sepa que al llegar al cine, especialmente si va a ver una película de estreno, será muy probable que se encuentre con una larga fila de gente haciendo cola. Bien, aunque no sea lo que más le apetece, deberá guardarla.

Una vez que haya entrado a la sala, si las localidades son numeradas, hará acto de presencia el acomodador, que le acompañará hasta su sitio y le indicará cuál es su butaca. La función del acomodador es importante, sobre todo si usted llega unos minutos tarde a la proyección, los anuncios de publicidad han comenzado a proyectarse y las luces se han apagado. Si ocurre esto, será gracias a la labor del acomodador, que le irá guiando con su linterna, por lo que llegue a ocupar su asiento sin dificultades. Agradézcale su trabajo con una pequeña propina, y si no ha previsto este gasto menor entonces indíquele que usted va a localizar solo su butaca. No es cortés ni educado servirnos de la atención de esta persona sin haber previsto que deberemos darle una propina y ni tan siquiera llevemos monedas sueltas en el bolsillo.

Ya en nuestra butaca, cuando queden escasos minutos para que comience la película, pueden darse todo tipo de situaciones, desde escuchar el molesto ruido de alguien que ha olvidado dónde se encuentra y no para de hablar con el vecino, hasta quien ya ha iniciado el ritual de las palomitas y emite ruidos extraños y molestos, en un claro gesto de desconsideración hacia el resto.

Mantenga silencio, no hable con su acompañante y controle su imperiosa necesidad de comer palomitas de maíz. Si le entra hambre, que todo es posible, y es incapaz de aguantar la hora y media o dos horas de la película, auséntese un momento de la sala para comer o beber lo que se le antoje.
Por supuesto, tiene que abandonar su asiento por este u otros motivos, sepa que durante unos segundos va a impedir ver la pantalla a todos los espectadores de las filas posteriores a la suya. Con esto queremos decirle que valore la necesidad de su ausencia, pues resulta francamente molesto y maleducado ver cómo una persona se levanta y vuelve a sentarse en su butaca alegremente sin respetar al resto de los presentes. Si decide que no puede retardar su ausencia o las ganas de ir al aseo se multiplican, no estará de más que se disculpe con todas las personas que hay en las butacas de su fila, que van a tener que dejarle paso. No se demore en la salida y si es necesario, agache la cabeza, siempre que no quiera ser objeto de la crítica de toda la sala e incluso escuchar las voces de algún presente pidiéndole que desaparezca o se volatilice.

Hemos hecho mención de la proliferación de los minicines en centros comerciales. En ellos, se ha apostado por la comodidad del espectador en perjuicio de la del arte del cine. Por ello, en los reposabrazos suele haber un hueco redondo adaptado a las latas de Coca-Cola o a los vasos de cartón para bebidas servidos en el propio cine. Es posible que esta especie de pasavasos sea una prolongación de la butaca delantera. En cualquiera de los dos casos, si va a utilizarlo, procure no hacer ruido ni molestar, y mucho menos se dedique a sorber la bebida fuertemente con una pajita de plástico, a modo de regalo auditivo a la sala.

La verdad es que en el cine se da una mezcla de distintos perfiles de personas. Hay quienes acuden al cine, como sosteníamos, por su profundo amor al llamado séptimo arte, sin más, aunque la razón es por sí poderosa y, de entre todas las posibilidades, la más dotada de lógica. Sin embargo, hay quien va a una sala de cine para pasar el rato del domingo, para sacar a los niños de casa con alguna excusa o para buscar la intimidad que sus circunstancias personales no le permiten tener.

El hábito de comer palomitas, de hablar interrumpiendo el necesario silencio es más frecuente entre estas personas que han ido a ver una película con las mismas ganas que podrían haber acudido al parque de atracciones o a merendar a una hamburguesería. Ir al cine está, en muchas ciudades, identificado con una buena forma de pasar la tarde del sábado o domingo, incluso esta práctica para ciertas personas se convierte en costumbre. Bien, a nadie se le prohíbe la entrada en el cine, siempre y cuando se respeten las reglas hasta ahora expuestas.

Hay personas fácilmente impresionables con quienes ir al cine a ver una película de miedo o suspense se convierte en un verdadero martirio. La acción de la película se va reflejando no sólo en su rostro, sino en sus repentinos y bruscos saltos de la butaca, en sus resonantes suspiros e incluso en el apretón del brazo del vecino que no conoce de nada. Su función es casi como la de un narrador o comentarista, que en lugar de servirse de las palabras acude a las manifestaciones de sorpresa, a los largos y alarmantes suspiros, a los gritos contenidos. Si usted es de esta clase de personas, no es muy recomendable que vaya al cine solo y quizá, aunque se vea afectada su afición a las salas de cine, deberá seleccionar muy bien las películas que va a ver y las que se reserva para el reproductor de vídeo del salón de su casa.

Debemos dedicar un espacio a aquellas parejas que utilizan los cines como si de reservados se tratara, que aprovechan la oscuridad de una sala para dar rienda suelta a sus manifestaciones cariñosas. Aunque no tenga otro lugar para disfrutar de su intimidad con su pareja, recuerde que el cine es un lugar público con una función muy concreta en el que, además, puede haber niños. No lleve sus gestos de cariño más allá de un beso aislado o un apretón de manos. No es cortés ir al cine a acariciar a la pareja, aunque el ambiente invite a tal cosa.

Las butacas del cine se usarán para lo que estrictamente están diseñadas, es decir, para tomar cómodamente asiento mientras dura la película. Absténgase de apoyar sus pies, piernas o brazos en la butaca delantera, aunque esté vacía. Si usted acude al cine en una hora de poca afluencia de espectadores, como mucho permítase la licencia de dejar su abrigo en la butaca cercana, siempre y cuando esté dispuesto a retirarlo educadamente si alguien va a ocuparla. En el epígrafe en el que recogemos la correcta manera de sentarse, en el primer capítulo de este manual, encontrará las normas que mandan a la hora de tomar asiento. Aplíquelas en la sala de cine, no deja de ser un lugar público.

Llegado el momento en que la película tristemente llega a su fin, para algunos, y es el momento de respirar con tranquilidad para otros, sepa que esos amantes acérrimos del cine estarán seguramente interesados en leer lo que rezan los títulos de crédito, con el fin de conocer los nombres de los actores protagonistas, el director del largometraje y hasta el responsable de los efectos especiales. Cuando abandone su asiento siga manteniendo el silencio y procure no entorpecer, en la medida de lo posible, la vista a los demás. A veces, si la película ha sido una obra maestra, los espectadores se fundirán en un aplauso, una especie de ejercicio común de admiración y homenaje a lo que han podido disfrutar. No está obligado a sumarse a este aplauso, ni a la opinión general, tan sólo permita que cada uno exprese libremente su punto de vista.

ARANTXA G. DE CASTRO.





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