martes, 25 de noviembre de 2014

´UNO´ LAS VÍCTIMAS DEL HAMBRE Y EL FRÍO.


  El aire se extendía, silencioso y frío, sobre la vasta tierra. Las ramas de los altos abetos colgaban cargados de nieve, esperando los lejanos vientos de primavera. Los sauces escarchados parecían estremecerse bajo el influjo del aire gélido.

  A lo lejos, en aquella tierra de aspecto sombrío, grupos de gente cubierta con pieles y cueros de animales se acurrucaban en torno a pequeñas hogueras. Sus rostros curtidos reflejaban la desesperación ante la perpectiva del hambre, y el futuro no auguraba días mejores.

  Estos nómadas eran el Pueblo de la región ártica de Alaska, en perpetuo movimiento, siempre en busca de comida. Adondequiera que fueran los caribúes y otros animales migratorios, ellos los seguían. Pero el intenso frío invernal traía también otros problemas. El alce, su fuente predilecta de sustento, se guarecía en su refugio del duro frío, sin moverse, y resultaba difícil encontrarlo. Animales más pequeños y accesibles, como los conejos y las ardillas, no proporcionaban comida suficiente. Durante las épocas del frío, incluso los pequeños animales desaparecían, bien escondidos en sus guaridas, o bien diezmados por los predadores, ya fueran hombres o animales. Así que durante esa helada severa e inusual de finales de otoño, la tierra parecía desprovista de vida y el frío se cernía como una amenaza.

  Con las heladas, la caza exigía más energía que durante otras estaciones. Así pues, los cazadores eran los primeros a la hora de repartir la comida, pues el Pueblo dependía de su pericia. Sin embargo, eran tantos los que necesitaban alimentarse que la comida no tardaba en desaparecer, y a pesar de su esfuerzos, muchas mujeres y niños sufrían de desnutrición, y algunos morirían de hambre.

  En este grupo en particular había dos ancianas a las que el Pueblo cuidaba desde hacía muchos años. La mayor se llamaba Chidzigyaak, pues cuando nació sus padres le vieron cierto parecido con un pájaro carbonero. La otra anciana se llamaba Sa´, que significa ¨estrella ¨, porque su madre miraba el cielo nocturno de otoño, concentrada en las lejanas estrellas, para distraerse de los dolores del parto. Cuando el grupo llegaba a un nuevo lugar de acampada, el jefe mandaba a los jóvenes que construyeran refugios para las dos ancianas y que las abastecieran de leña y agua. Las mujeres más jóvenes arrastraban de un campamento a otro las pertenencias de las mayores y, a su vez, ellas curtían las pieles de los animales para quienes las ayudaban. Este acuerdo daba muy buenos resultados. Sin embargo, las dos ancianas compartían un defecto de carácter nada corriente en personas de aquella época. Se quejaban constantemente de achaques y padecimientos, y llevaban bastones para demostrar sus dolencias. Sorprendentemente, eso no parecía molestar a los demás, a pesar de que todos habían aprendido desde pequeños que los habitantes de una patria tan inclemente no podían tolerar esa debilidad. Pero nadie se lo reprochaba y las mujeres seguían viajando con los más fuertes. Hasta que llegó un fatídico día.
No era el frío lo único que llenaba el aire aquel día en que el Pueblo se reunió en torno a las hogueras, vacilantes y escasas, para escuchar al jefe. Era un hombre que sacaba casi una cabeza a los demás y, envuelto en el cuello de piel de su parka, habló de los duros y fríos días que vendrían y de lo que cada cual tendría que hacer si querían sobrevivir al invierno. Luego, en voz alta y nítida, anunció de repente:
_El consejo y yo hemos tomado una decisión. _Hizo una pausa, como si buscara fuerzas para proseguir-: Tenemos que abandonar a las ancianas.
Sus ojos recorrieron rápidamente el grupo a la espera de una reacción. Pero el hambre y el frío habían hecho estragos, y el Pueblo no pareció conmoverse. Muchos lo esperaban, y algunos creían que era lo mejor. En aquellos días, abandonar a los viejos en tiempos de hambruna era frecuente, aunque ésa era la primera vez que ellos lo hacían. La desolación de la tierra primitiva parecía exigirlo, ya que, para poder sobrevivir, la gente se veía forzada a imitar algunas de las costumbres de los animales. Al igual que los lobos más jóvenes y diestros se deshacen de un viejo líder de la manada, esa gente abandonaba a sus ancianas para poder viajar más rápidamente sin una carga adicional.
  La mayor, Ch'idzigyaak, tenía una hija y un nieto en el grupo. El jefe los buscó entre la multitud y comprobó que ellos tampoco habían reaccionado. Tranquilizado al ver que su desagradable declaración no había provocado ningún incidente, el jefe ordenó a todos que recogieran de inmediato sus posesiones. Sin embargo, aquel hombre valeroso, su líder, no fue capaz de mirar a las dos ancianas, porque ya no se sentía tan fuerte. El jefe sabía que el Pueblo, que había cuidado a las dos ancianas, no pondría objeciones. La dureza de aquellos tiempos anulaba de tal modo a los hombres que una palabra dicha a la ligera, o a una cosa mal hecha, desataba la ira entre ellos y empeoraba la situación. Así que los miembros débiles y derrotados guardaron el asombro para sus adentros, temerosos de la crueldad y la brutalidad que el pánico podía desatar entre esa gente que luchaba por la supervivencia. Sin embargo, a lo largo de los muchos años que las mujeres llevaban con el grupo, el jefe les había tomado afecto. Ahora quería irse tan pronto como fuera posible, antes de que las dos ancianas le miraran y le hicieran sentir peor que nunca en su vida.
Las dos mujeres siguieron sentadas, viejas y diminutas, ante la hoguera, con las barbillas orgullosamente erguidas para ocultar su sobresalto. De jóvenes habían visto abandonar a los muy ancianos pero nunca se habían imaginado que les tocara semejante destino. Miraban fijamente a lo lejos, aturdidas, como si no hubieran oído que su jefe las condenaba a una muerte cierta, abandonadas a su suerte en una tierra que sólo respetaba la fuerza y en la cual, ellas, ancianas y débiles, no tenían ninguna posibilidad de vencer. La noticia las dejó sin habla, sin capacidad de reacción y sin posibilidad de defenderse. De las dos, sólo Ch!idzigyaak tenía familia; una hija, Ozhii Nelii, y un nieto, Shruh Zhuu. Esperaba que su hija protestase; pero como ésta no lo hizo, se quedó más hundida que nunca. Ni siquiera su propia hija intentaba protegerla. A su lado, Sa! También estaba aturdida. La cabeza le daba vueltas, quería gritar pero ningún sonido salía de su garganta. Se sentía como si viviera una espantosa pesadilla en la que no podía moverse ni hablar.
Mientras el grupo se alejaba caminando pesadamente, la hija de Ch1idzigyaak se acercó a su madre llevando un haz de babiche, unas gruesas tiras de piel de arce que servían para fines diversos. La vergüenza y el dolor la obligaron a bajar la cabeza, porque su madre rehusó mirarla. Ch1idzigyaak siguió mirando, impávida, hacía delante. Ozhii Nelii estaba muy angustiada. Temía que si defendía a su madre, el Pueblo decidiera abandonarles a ella y a su hijo o, peor aún, que hiciera algo más terrible a causa de su estado de inanición. No se atrevio a correr un riesgo tan grande.Con estos terribles pensamientos y con la mirada triste, Ozhii Nelii imploró en silencio perdón y comprensión mientras posaba suavemente el babiche delante de su madre, imperturbable. Luego dio la vuelta lentamente y se alejó con el corazón encogido, segura de que la había perdido.
El nieto, Shruh Zhuu, estaba aturdido ante aquella crueldad. Era un chico extraño. Mientras los otros muchachos hacían alarde de su virilidad en competiciones de caza y lucha, él prefería ayudar a su madre y a las dos ancianas buscando provisiones. Su comportamiento resultaba ajeno a la estructura de organización del grupo, que cada generación aprendía de la anterior. Era costumbre que las mujeres se hicieran cargo de las tareas más pesadas, como arrastrar los toboganes cargados, y realizar las faenas más laboriosas, mientras los hombres se dedicaban a la caza para asegurar la supervivencia del grupo. Nadie se quejaba; así había sido siempre y así seguiría siendo.
Shruh Zhuu sentía mucho respeto por las mujeres. Veía cómo eran tratadas y no estaba de acuerdo. Y aunque se lo habían explicado una y otra vez, nunca entendió por qué los hombres no ayudaban a las mujeres. Pero sabía por experiencia que no debía discutir las reglas, porque sería una irreverencia. Cuando era más joven,Shuu Zhuu no temía expresar sus opiniones sobre este tema; la juventud y la inocencia le protegían. Más adelante aprendo que ese comportamiento provocaba castigos. Supo qué era el dolor del castigo del silencio cuando incluso su madre se negó a hablarle durante días. Así que Shruh Zhuu comprendió que pensar ciertas cosas provocaba menos dolor que decirlas.
Aunque creía que abandonar a dos ancianas desamparadas era el peor acto que el Pueblo podía llevar a cabo, Shruh Zhuu luchaba consigo mismo. Su madre vio cómo la furia asomaba a sus ojos y adivinó que estaba a punto de protestar. Se le acercó rápidamente y le susurró al oído con insistencia que no lo hiciera, que los hombres estaban lo bastante desesperados como para cometer cualquier crueldad. Shruh Zhuu observó las caras sombrías de los hombres, así que se mordió la lengua aunque en su corazón siguió latiendo la rebeldía.
Por aquel entonces, a los jóvenes se les enseñaba a cuidar bien sus armas, a veces mejor que de sus seres queridos, porque de ellas dependería su subsistencia cuando fueran hombres. Si un joven no utilizaba sus armas como era debido, o las empleaba para un fin distinto al acostumbrado, era castigado con dureza. A medida que crecían, los muchachos aprendían el poder de sus armas y el significado que tenían, no sólo para su propia supervivencia sino para la de todos.
Shruh Zhuu dejó a un lado todo lo aprendido y renunció a su propia seguridad. Sacó del cinturón su hacha, fabricada con afilados huesos de animales atados firmemente con babiche duro, y la colocó sigilosamente en una rama espesa en lo alto de un tupido abeto joven, oculta a los ojos del Pueblo.
Mientras la madre de Shruh Zhuu hacía un fardo con sus pertenencias, él se giró hacia su abuela. Ella parecía no mirarle, pero Shuh Zhuu, cerciorándose de que nadie le miraba, señaló con el dedo su cinturón vacío y luego el abeto. Una vez más,dirigió a su abuela una mirada deseperanzada, se volvió con pesar y se fue caminando hacia los otros, deseando con todas sus fuerzas hacer algo para que terminara aquel día de pesadilla.
El grupo de gente hambrienta se alejó poco a poco, abandonando a las dos mujeres, que permanecieron sentadas con la misma expresión de aturdimiento, sobre una pila de ramas de abeto. La pequeña hoguera reflejaba un suave resplandor anaranjado en sus rostros curtidos. Pasó mucho rato antes de que el frío sacara a Ch1idzigyaak de su estupor. Había visto el gesto desvalido de su hija pero creía que su única hija hubiera debido defenderla aún a costa de su propia vida. El corazón de la anciana se ablandó al pensar en su nieto. ¿ Cómo iba a albergar rencor hacia un ser tan joven y cariñoso ? Los otros merecían su ira, ¡ Sobre todo su hija ! ¿ No le había enseñado a ser fuerte ? Lágrimas ardientes, incontrolables, corrieron por su rostro.
Justo entonces, Sa· levantó la cabeza y vio las lágrimas de su amiga. Su corazón se llenó de ira. ¿ Cómo se había atrevido ? Las mejillas le ardían por la humillación. ¡ Ninguna de las dos estaba cerca de la muerte ! ¿ No habían cosido y curtido a cambio de lo que recibían ? No tenían que cargarlas de un campamento a otro. No estaban desamparadas ni indefensas; sin embargo, las habían condenado a muerte. Su amiga había visto pasar ochenta veranos; ella, setenta y cinco. Los viejos a quienes había visto abandonar cuando era joven estaban tan cerca de la muerte que algunos se habían quedado ciegos y no podían ni andar. Pero allí estaba ella. Aún caminaba, veía, hablaba, y aún así... ¡ Bah ! Los jóvenes de hoy buscaban el camino más fácil para escapar de las dificultades. Mientras el aire frío apagaba el fuego, Sa· cobraba vida con un fuego interior más fuerte, cómo si su espíritu hubiera absorbido la energía de las brasas, ahora resplandecientes, de la hoguera. Se acercó al árbol y recuperó el hacha mientras, con una suave sonrisa, pensaba en el nieto de su amiga. Con un suspiro se acercó a su compañera, que aún no se había movido, y miró el cielo azul. Para sus ojos experimentados, el azul en esa época de invierno significaba frío; y a medida que la noche se acercara el frío sería más intenso. Con expresión preocupada, Sa´ se puso de rodillas junto a su amiga y le habló con voz suave pero firme:
Amiga mía.- Hizo una pausa con la esperanza de que acudiera en su ayuda la fuerza que no sentía-.Podemos quedarnos aquí sentadas esperando la muerte. No tendremos que esperar mucho..._Su amiga levantó la vista con los ojos llenos de pánico y Sa´ añadió de inmediato-: El momento de abandonar este mundo no ha llegado para nosotras todavía. Pero moriremos si permanecemos aquí sentadas esperando. Eso demostraría que ellos tenían razón al creernos indefensas.
Ch´idzgyaak escuchó aterrorizada. Al ver que su amiga se resignaba peligrosamente a ese destino impuesto, Sa´ la instó con más energía:
_¡ Sí, en cierto modo nos han condenado a muerte ! Creen que somos demasiado viejas e inútiles. ¡ Se olvidan de que también nosotras hemos ganado el derecho a vivir ! Así que, amiga mía, vamos a morir luchando, no sentadas.

VELMA WALLIS

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