martes, 25 de noviembre de 2014

EL PRINCIPITO, DOS Y TRES.


   Viví así, solo, sin tener a nadie con quien hablar verdaderamente, hasta que hace seis años tuve una descompostura en el desierto de Sahara. Algo se había descompuesto en el motor. Como no me acompañaba ni un mecánico ni pasajeros, me dispuse a hacer yo solo una reparación difícil. Para mí era cuestión de vida o muerte. Apenas si tenía agua de beber para ocho días.

   La primera noche dormí sobre la arena, a mil millas de distancia de todo lugar habitado. Me sentía más solo que un náufrago en una balsa en medio del océano. Imaginaos, pues, mi sorpresa cuando, al despuntar el día, me despertó una extraña vocecita que decía:

    _¡ Por favor... dibújame un cordero !

    _¿ Eh ?

    _¡ Dibújame un cordero !

   Me levanté de un salto, como herido por el rayo. Me froté los ojos, miré en torno mío y descubrí a un extraordinario hombrecito que me examinaba detenidamente. He aquí, el mejor retrato que más tarde pude hacer de él, aunque mi dibujo, en verdad, es menos encantador que el modelo. Pero no es por mi culpa. Las personas mayores me desanimaron en mi carrera de pintor cuando tenía seis años, y sólo sabía dibujar boas abiertas y cerradas.

     Con ojos de asombro miré, pues, aquella aparición. No olvidemos que me encontraba a mil millas de distancia del más próximo lugar habitado. Además, aquel hombrecito no parecía perdido, ni muerto de cansancio, ni de hambre, ni de sed, ni muerto de miedo. No tenía en absoluto el aspecto de un niño perdido en el desierto, a mil millas de distancia del más próximo lugar habitado. Cuando, por fin, pude hablar, le dije:

     _¿ Pero... qué haces aquí ?

    Repitió muy lentamente, como si se tratase de una cosa muy seria:

     _¡ Por favor, dibújame un cordero !

     Ante un misterio tan impresionante, es imposible desobedecer. Por absurdo que aquello me pudiera parecer, a mil millas de todo lugar habitado y en peligro de muerte, saqué del bolsillo una hoja de papel y una pluma. Entonces recordé que había estudiado geografía, historia, cálculo y gramática, y le dije al hombrecito ( un poco malhumorado ) que no sabía dibujar.

      _¡ Qué más da ! _ respondió el hombrecito_ ¡ Dibújame un cordero !

        Como nunca había dibujado un cordero, rehice para él uno de los dos únicos dibujos que me sentía capaz de dibujar: el de la boa cerrada. Y quedé asombrado cuando escuche al hombrecito decir:

          _ ¡ No, no !No quiero un elefante dentro de una boa. La boa es muy peligrosa y el elefante muy grande. En mi casa todo es muy pequeño. Yo quiero un cordero ¡ Dibújame un cordero !

           Entonces dibujé un cordero. El hombrecito miró atentamente. Después dijo:

           ¡ No ! este está muy enfermo. Dibújame otro.

         Continué dibujando. El hombrecito sonrió con dulzura y dijo:

    _¿ No lo ves ? Eso no es un cordero, es un carnero. Tiene cuernos...

        Hice de nuevo el dibujo. Y el hombrecito lo rechazó también, como los anteriores.

       _ Este es demasiado viejo. Quiero un cordero que viva mucho tiempo.

        Me sentía impaciente, y como quería comenzar a desmontar el motor, garabateé a toda prisa este dibujo y se lo mostré:

         _Aquí está la caja, el cordero que quieres está adentro.

         Quedé verdaderamente sorprendido al ver cómo se iluminaba el rostro de mi joven juez.

         _¡ Es exactamente como lo quería ! ¿ Crees que necesitará mucha hierba este cordero ?

           _¿ Por qué ?

      _ Porque en mi mundo todo es muy pequeño. Alcanzará seguramente. Te he regalado un cordero muy pequeño.

            Dirigió la mirada hacia el dibujo y exclamó.
           _¡ No es tan pequeño !... ! ¡ Mira ! Se ha dormido... Y fue así como conocí al principito



TRES

   Tardé mucho tiempo en comprender de dónde venía. El principito, que no dejaba de hacerme preguntas, parecía no entender nunca las mías. Por palabras pronunciadas al azar pude, poco a poco, comprender el secreto. Cuando vio mi avión por primera vez ( no dibujaré mi avión porque es un dibujo muy difícil para mí ), me preguntó:

           _¿ Qué es esa cosa ?

           _ Esto no es una cosa. Esto vuela, es un avión, es mi avión.

   Me sentí muy orgulloso al explicarle que volaba. Entonces mi amigo exclamó:

           _ ¿ Cómo ? ¿ Has caído del cielo ?

           _ Sí _ le contesté con modestia.

           _ ¡ Ah, qué divertido !

    Y el principito lanzó una sonora carcajada que, no obstante, me irritó mucho. Siempre quiero que mis desgracias se tomen en serio. Después añadió:

         _ Entonces, ¿ tú también llegaste del cielo ? ¿ De que planeta eres ?

     Una lucecita me iluminó el misterio de su presencia allí. Le pregunté bruscamente:

        ¿ Vienes de otro planeta ?
  
      No me respondió. Inclinó suavemente la cabeza mientras miraba el avión.

         _ En esto no es posible que hayas venido de muy lejos...

       Y parecía que se hundía como en un ensueño. Así estuvo mucho tiempo. Después, sacó el cordero de su bolsillo y se ensimismó en la contemplación de su tesoro.

        Imaginad cómo me integró esta semiconfidencia sobre ¨otros planetas ¨. Me esforcé por saber algo más:

        _ Hombrecito, ¿ de donde vienes ? ¿ Dónde está tu casa ? ¿ Adonde quieres llevarte mi cordero ?

           Después de meditar en silencio, contestó:

         _ Lo bueno de la caja que me has obsequiado es que por la noche le servirá de casa.

          _ ¡ Claro ! Y si te portas bien, te regalaré una cuerda y una estaca para que lo ates durante el día.

             Mi proposición le pareció extraña al principio.

            _ ¿ Atarlo ?, ¡ Qué idea tan rara !

            _ Pero si no lo atas se irá a cualquier parte y se perderá...
   
            Mi amigo lanzó una nueva carcajada.

             _ ¿ Adonde crees que se irá ?

             _ No lo sé, a cualquier parte.

               Entonces,  el principito observó con gravedad:

              _ ¡ No importa, mi casa es muy pequeña !...

                Y con un poco de melancolía, quizá, añadió:

               _ ¿ A cualquier parte ? ¡ No puede ir muy lejos !

ANTOINE  DE  SAINT - EXUPÉRY


   

        





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