sábado, 4 de octubre de 2014

HISTORIA DEL MONTE TESTACIO.


  Voy a contaros la historia de un monte, de un pobre monte seco y desarbolado que se levanta como una calavera en medio de la ciudad de Roma. Si un día vais a esta ciudad, la más hermosa de la tierra, hallaréis las siete colinas famosas que alzan en vilo palacios y jardines. Pero estas siete colinas, colmadas de hermosura, tienen una hermana pobre, una " cenicienta " que no abe lo que es llevar sobre su lomo la gracia de un templo ni la sombra frágil de un árbol: esta colina, es polvo solamente y no tiene las entrañas jugosas como sus hermanas. Esa colina, llamada Monte Testáceo, no ha nacido allí y acaso por esto no la reconocen como hermana suya las otras siete colinas antiguas. Cuando la primavera baja a la ciudad y brotan ramos verdes en los viejos palacios y todo, hasta la más pequeña ruina, tiene algo que decir, porque todo se rejuvenece como si la tierra quisiera olvidar la muerte que hay dentro de cada cosa, el Monte Testáceo permanece igual, insobornable a la delicia del tiempo, ofreciéndole al cielo, en medio de tanta hermosura como le brindan las siete colinas romanas, su loma seca y desapacible, su lamento de soledad y de abandono.
  Yo nada tendría que decir de este monte, si este monte no fuese español. Pero habéis de saber que esta colina calcinada fue otro tiempo una hermosa tierra de Andalucía, tierra sabrosa de marismas, gustosa del olivo y la vid, una tierra esclava que se trajeron a Roma las legiones hace dos mil años. Y ahora os diré cómo sucedió todo esto; porque no es frecuente que un monte se traslade de un lugar a otro.
  Es necesario que vengáis conmigo hasta el siglo segundo antes de Cristo. Nos acercaremos allí con paso leve para no hacer ruido. Las legiones de Roma acaban de vencer la segunda guerra púnica y duermen fatigadas de tanto fatigar la Historia, a la sombra de los olivos. El vino sabroso de estas tierras de Andalucía ha embriagado fácilmente a estos hombres, que llevan dentro de los ojos unos paisajes lejanos de guerra; campos duros de la Tarraconense, ternuras de la Lusitania, cielos traslúcidos de la Bética, huertas de la Galia, donde la vida nace sin dolor... El mundo va dentro de sus ojos y estos ojos de Roma quieren cerrarse, adormecidos, a la orilla del mar Mediterráneo, mientras el aire que viene de las islas llega untado de antiguas canciones que oyó cantar a los marineros fenicios. El sueño ha sido largo. Cuando despiertan, las brisas de la orilla se han posado ya, como benignos pájaros, en los mástiles de sus navíos para irse con ellos hasta Roma. Esta vieja ciudad, con sus mujeres y sus dioses propicios, los aguarda. No hay tiempo que perder. Llevarán, para señal de su victoria, docientos navíos fenicios y una legión de esclavos y ricas telas teñidas de rojo que los vencidos tejen para sus príncipes, y llevarán mucha plata, luciente plata de Tartesos para acuñar dineros y forjar hebillas. Pero algo más llevarán a Roma estos soldados, algo más vivo y embriagador que un esclavo o una onza de plata; llevarán frutos, vinos y aceites de la Bética. Roma no ha probado el sabor de estos frutos. Y ha llegado el tiempo de embriagarse de paz, de olvidar la guerra, de aflojar el cinturón castrense de murallas que ciñe el cuerpo del Imperio romano. Centenares de ánforas, llenas de vino y de aceite, ocupan ahora la bodega de las naves. Y cuando las naves llegan al puerto de Ostia, y remontando el río, se acercan al Emporium para descargar, tanta es la fruición, la prisa de ofrecer sus regalos, que estos hombres descargan allí mismo y rompen las ánforas para liberar el fruto que llevan. Tantas han sido, que los tiestos forman ya un montón de escombros a la orilla del puerto. Y como el viaje primero sucede otro y otro después - porque la ofrenda de Andalucía le ha sabido bien al pueblo romano - , e, montón de escombros que forman las ánforas rotas de cada vez mayor, hasta parecer un monte, hasta ser un monte, el Monte Testáceo, " montecillo de tiestos " que se levanta como una voz grave de cuaresma entre las siete colinas amables donde reclina su confiado sueño la ciudad. Es como un intruso, aquel monte de tiestos, barro cocido de Andalucía, que ha estado días y días lleno de sabrosos caldos andaluces, que ha tenido una forma ondulada y suave como las danzarinas gaditanas, que ha sido en otro tiempo tierra de labor, con raíces y sombra y ríos de agua fresca; barro de Andalucía que sólo es ya escombro, un monte de tiestos, el Testáceo en la hermosa ciudad.
  Así fue levantado aquel monte. Las lluvias disciplinaron luego la tierra calcinada, poco a poco, se fueron perdiendo las aristas; lo que había sido un ánfora era ya sólo un puñado de tierra mortal, pero tierra sin jugo, muerta y estéril hasta el fin del mundo, Este monte no sabría decir nunca en qué consiste la caricia de un  pájaro ni la hermosura de ver brotar un ramo verde en sus entrañas. Pero en cambio diría por los siglos de los siglos a la ciudad venturosa y solemne que todo es polvo y ceniza y nada, que todas las gracias de la Humanidad llegan a ser como el Monte Testáceo, un escombro sin árboles, bajo el cielo de Dios.
  Si un día vais a la ciudad de Roma, subid a lo alto de este monte. Procurad que sea en esa hora del atardecer cuando la luz se derrama dulcemente sobre la ciudad y cuando el ruido de la ciudad se sobrecoge con las primeras sombras de la noche, y sale de la tierra el silencio y el contorno de las cosas se humilla y la luz del día se retira tras los montes Albanos;  pensad que la tierra que pisáis es tierra de España, sabrosa tierra en otro tiempo, que llegó aquí para explicar a las bellas colinas romanas su doliente canción de que todo, hasta la pura tierra, es vanidad de vanidades y sólo vanidad.

MANUEL AUGUSTO GARCIA VIÑOLAS.  

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