sábado, 30 de agosto de 2014

NUMANCIA.


  Cerca de Soria, junto al padre Duero, que arrulló con el murmullo de sus aguas el nacimiento y desarrollo de Castilla, se alza una colina, sobre cuya cima un sencillo obelisco proclama que allí estuvo emplazada la ciudad de Numancia.

  Hace ya de esto muchos años, y aun muchos siglos, tantos, que para encontrar los retos de las edificaciones  que constituyeron aquella ciudad ha sido necesario practicar excavaciones y remover  miles de metros cúbicos de tierra.

  Era en tiempo de los iberos, primeros habitantes de nuestra patria, que formaron la base racial de la gran familia española. Roma, señora del mundo, quiso apoderarse de España, y para ello promovió una guerra larga y dura, primero con los cartagineses, que la poseían, después contra las propias tribus ibéricas, amantes en extremo de su independencia y libertad.

  Muerto Viriato, el gran caudillo lusitano  que tuvo a raya durante años a las gloriosas legiones romanas, algunos de sus soldados se refugiaron en Numancia, capital y centro de la tribu ibéra de los arévacos. Las tropas de Roma le ponen sitio, aeguras de vencer pronto la resistencia de tan pequeña ciudad; pero el valor indomable de los iberos asombra al mundo por la increible resistencia que supieron oponer a un enemigo mil veces superior en número y en elementos de combate.

  Año tras año, Roma envia sus mejores cónsules y generales para apretar el cerco de la ciudad ibérica y rendirla al poderio latino. Pero todos ellos son derrotados de modo vergonzoso por los aguerridos soldados numantinos, que en salidad nocturnas diezmaban las filas romanas, sembrando en ellas la muerte y el terror.

  El senado romano, deseoso de terminar a cualquier precio una guerra tan bochornosa, envía entonces a España a Cornelio Escipión Emiliano, al frente de 60.000 hombres, con órdenes de acabar de una vez con el heroísmo de la ciudad española.

  Escipión establece un sitio en toda regla, impidiendo de modo absoluto la entrada de víveres. Ya que  no por la fuerza de las armas, quiere rendir a Numancia por el hambre. Una y otra vez dirige ataques fortísimos contra la población; pero siempre es rechazado por los bravos defensores. Poco a poco va conquistando posiciones cada vez más próximas al poblado y atricherándose en ellas. Hasta siete campos fortificados construyó  en sus alrededores el genio militar de Escipión. Cuando estuvo muy cerca del casco de la población preparó en torno de ella un foso profundo y un doble muro ofensivo, para impedir la salida de los sitiados, que en número de unos 4.000 resistían victoriosamente los ataquesde una tropa de 70.000 soldados romanos.

  Cuando Escipión supo que audaces numantinos salían de noche de la ciudad, descolgándose sobre el Duero, que cruzabasn a nado, para ir en busca de provisiones a las aldeas vecinas, mandó obstaculizar el río con una gruesa empalizada. De este modo quedaba la ciudad completamente aislada del exterior, abandonada a sus propios medios. El hambre comenzó sus terribles ataques, cual compañera trágica de aquellos titanes de la voluntad. Pero ellos seguían defendiéndose con ardor inigualado. Al fin las privaciones comenzaron a producir en sus filas tremendos estragos. Los enfermos, los niños, las mujeres, los ancianos, morían de inanición.

  Entonces se vieron precisados a pedir al ejército sitiador una capitulación honrosa. Más como les fuera negada, el heroísmo de los numantinos adoptó una forma nueva y atroz. Incendiaron las casas, quemaron los ajuares y riquezas y se dieron muerte uos a otros, antes que entregarse a los romanos. Algunos guerreros, amarillos y tambaleantes, como espectros, salieron a combatir contra los sitiadores, encontrando en la lucha muerte gloriosa.

  Cuando entraron en la ciudad las tropas romanas sólo hallaron en ellas ruinas, cenizas y cadáveres, muestras preciadas del estoico valor  y el amor a la independencia de la noble raza española, que prefiere la muerte a perder la libertad y el honor. Los escombros y restos gloriosos de Numancia son un monumento imperecedero al heroísmo y bravura de las gentes de España.


 ADOLFO MAÍLLO. 

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